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Escribo cosas. A veces.

Estoy parado frente a una puerta abierta en Libertad, en una puerta para gigantes, tan grande que cabe una multitud en el portal. Por un momento con el sol bien alto haciendo un juego de luces parece que estamos todos, parece que no falta nadie en Libertad. Pero sé que faltan, faltan y están. Están porque están sus hijos o nietos o amigos, están porque están sus nombres, todos juntos y en relieve sobre la puerta de gigantes. Todos juntos, en relieve y en Libertad. Busco el nombre de Papá que es en realidad buscar mi nombre. Veo tantos conocidos, cada uno sobresale como si fuera único, porque lo és, pero además cada nombre se confunde como si todo aquello fuera una sola cosa, y me doy cuenta que también. Alguien dice que los nombres están por orden de llegada al penal, los números no aparecen pero a mi se me aparece un número, el cuatro veintiséis. Voy entonces línea por línea buscando el nombre de mi Padre que está sentado unos metros más allá y no me queda claro si es el mismo del número. Busco entonces un número y un nombre que también es el mío y entonces me busco. Voy línea por línea encontrando en cada apellido y en cada inicial caras conocidas, historias famosas e historias chiquitas. Alguien dice que por allá están los de Paysandú y me distrae y me pierdo para arrancar a buscar más abajo o más allá y demoro un rato. La gente se va apartando a medida que encuentra lo que busca, y entonces vienen otros buscando a otros, pero yo sigo parado ahí, buscandonos. Descanso un poco la vista y miro hacia el otro lado de la puerta. Necesito, de golpe, que el nombre y la puerta y el número se llenen de contenido y miro más fuerte para el otro lado como si me estuviera examinando los recuerdos que no son mis recuerdos. Sé que era en el cuarto piso, que mi Padre, Tanguito, la rocola vivente al que le pedían tangos desde las otras celdas habitaba el cuarto piso. Y me doy cuenta que poco sé de eso, quiero correr a preguntarle a Papá más detalles pero todavía no encontré su nombre, no nos encontré. Sé que era en la cocina, aquellos relajos y bandideadas, aquellas anécdotas sobre la limpieza de ollas enormes, también para gigantes. Se me hace irreal y quiero ir a preguntarle si era tan así pero me acuerdo que todavía no nos encontré. Sé que era en la entrada, aquella puteada a los milicos mientras lo soltaban y el temor de ese tío de que lo volvieran a guardar. Dudo si fue tan así, miro fuerte por lo abierto de la puerta y casi de casualidad encuentro a Papá. Encuentro el nombre, y lo encuentro a él. Me encuentro y encuentro al Gigante.

El Señor S vivía sólo en un edificio de apartamentos sobre la rambla en la ciudad vieja. S no hablaba frecuentemente con sus vecinos, ni saludaba demasiado ni conocía mucha gente de su cuadra. El se consideraba a sí mismo un solitario, sus vecinos preferían la palabra antipático.

Cada vez que S entraba o salía de su edificio, al ir a trabajar, o cuándo iba a correr no podía evitar sentir pena por los cuatro enanos de jardín que habitaban la pequeña terraza de la planta baja.

El asunto es que los enanos de jardín no vivían en un jardín, sino en un espacio reducido de cemento que daba a la calle y que sólo compartían con una variedad de plantas artificiales cada una más grotesca que la anterior.

Claro que S se sentía estúpido al sentir pena por los enanos de jardín viviendo en tales condiciones, ya que los enanos de jardín no vivían. El señor S era solitario, antipático y nunca se reía.

En la cuadra del edificio, al final de la calle, había una escuela para niños pequeños. Todos los días temprano en la mañana y nuevamente de tarde pasaban padres con sus hijos desde o hacia la escuela. Niños y niñas gritaban, pataleaban y reían debajo de su ventana. Muchas veces obligaban a sus padres a detenerse para mirar mejor a los cuatro enanos, y también a ellos les gritaban o les tiraban cosas. S sabía que el comportamiento de los niños era perfectamente normal pero aún así los gritos le molestaban profundamente, y no podía evitar pensar que a los pobres enanos también.

El señor S había llegado a la conclusión de que su vecino, el señor del apartamento 1A y dueño de los enanos, era un tipo cruel. No había sido una conclusión repentina, pero cada vez que sentía a los niños gritarle a los enanos, o cuándo el viento pegaba violento en sus ventanas, y por lo tanto en los enanos que estaban a la intemperie, S se convencía de que su vecino no era un buen tipo.

La preocupación de S por los enanos fue creciendo sin que él lo notara demasiado. Se sentía un poco tonto al hacerlo pero no podía evitar sentarse un rato en los escalones del edificio, a lado de la terraza cuándo nadie lo veía, para hacerle un poco de compañía a los cuatro enanos.

Un día mientras llegaba a su casa, distraído y cargado de bolsas de supermercado, el señor S sintió que le chistaban. Miró a su alrededor y cuándo no encontró a nadie se movió incrédulo hacia los enanos. El recordaba que sus expresiones eran serias y acartonadas, pero esta vez los enanos parecían mirarle directamente y uno de ellos casi que sonreía.

El señor S no volvió a ser el mismo, y a medida que los días se acortaban y el clima empeoraba, aumentaba su pena por los enanos y el odio por su vecino.

Fue una noche fría de tormenta cuándo el señor S decidió actuar, no decidió nada realmente, sólo se encontró en medio de la noche subiendo uno a uno, sigiloso, los enanos para su casa. Una vez seguro de que nadie lo había escuchado acomodó los enanos en un rincón y los limpió para que recuperaran su color original.

El señor S no alteró en lo más mínimo su rutina, iba a trabajar, salía a correr y no hablaba mucho con nadie. Pero si alguien hubiera prestado atención habría notado que el señor S últimamente parecía feliz. Nada más se supo del vecino de abajo y nadie más preguntó por los enanos.

Dos por tres cuando los niños pasaban ya sin nada para ver en la terraza vacía sentían unos chistidos que los llamaban, pero cuando miraban hacia arriba no veían a nadie. En el apartamento del señor S, Pícaro, Paco, Pablo y Piolín se reían a carcajadas.

Esto es una lista de cosas que me molestan, en ningún orden en particular. Me molesta la humedad que te da cómo frío pero después no. Me molesta el sol en un día nublado que amaga a salir pero que después no; me molestan las medias tintas y todo lo que podría ser pero que no es. Me perturban los desalineos, odio que el cuadro que tengo en la pared no pueda estar centrado con la alformbra y con la mesa y al mismo tiempo con el sillón. Detesto que por esa razón yo me tenga que sentar siempre un poco al costado y que entonces el lugar dónde estoy esté hundido, blando e incómodo. Me decepciona que mi planta, la grande, crezca sin ningún criterio. ¿Cuánto puede costar un poco de simetría? Me enferma el ruido de la heladera, ya sé que debe ser el motor, pero suena a tripas, suena a vivo y cuando voy, abro y miro y no hay nada me molesta lo al pedo del ruido, y lo al pedo de una heladera vacía. Me molestan los bebés que lloran, los que hablan fuerte y los que gritan. Me desespera la nena de arriba que corre cómo para hacerme daño. Me molestan las motos que pasan y el paso del tiempo. Me molesta el malestar que me produce la molestia, pero sobretodo detesto que la humedad y el casi frio, y las asimetrías, y los ruidos, y el paso de otros junto el paso del tiempo, me encuentren sentado incómodo en un sillón hundido pegándole a las teclas de una vieja máquina de escribir. Molesto.

Fueron los aviones sobrevolando la rambla los que me arrancaron del sueño inquieto, o tal vez el sol que colado por la ventana dió demasiado calor para ser tan otoño. Me había tirado en el sillón como rendido al domingo y a mi mente que se niega a parar. Salí a tomar aire dejando paso a la idea que a los días lindos hay que aprovecharlos, salí con el libro serio porque para fantasías ya estoy yo. Salí sin pretender nada, porque de los domingos tan domingos nada se puede esperar.

Los otros, que siempre aprovechan más el día, estaban mirando las piruetas. Los otros, que siempre agarraron más abrigo y que siempre tienen compañía, apuntaban dedos y cámaras a los avioncitos que a lo lejos daban vueltas. Me senté al revéz de ellos y sin vista a los aviones. Les dí la espalda sin planearlo, pero ni bien llegué a la rambla supe que me faltaba abrigo y sentarme al reparo del muro a contrapelo del mundo pareció la mejor opción.

El libro serio es interesante pero las letras me resbalan y no logro distraerme. Estoy leyendo ciencia y entonces trato de agarrarme de algo, pero cualquier intento de domar el tornado de emociones se siente inútil. Cierro el libro y tiro la cabeza hacia atrás, tres aviones pasan como si fueran una sola flecha, segura, certera y orgullosa. Parece que se ríen de mí. Cierro los ojos y espero, el ruido desaparece, el sol se apaga y cuando los abro estoy sólo. Los otros, que toman siempre mejores decisiones ya no están. La rambla dura se pone incómoda y yo estoy sólo otra vez en un domingo de otoño.

En esa casa, la última del camino que más allá lleva a la montaña, vivían el viejo y la llamada; el viejo, apegado siempre a su rutina como si eso fuera lo único que lo mantenía con vida, y la llamada, cuyo contenido él conocía pero que todavía no había sucedido. Ni la esposa fiel que había muerto hace diez años, ni las hijas tan mejores que él que ya tenían sus vidas en la ciudad, no: allí solo vivían el viejo y la llamada que todavía no había sucedido.

Cada mañana, justo antes del amanecer, el viejo salía al patio que más allá se confunde con el bosque con una taza de café en la mano y una radio de onda corta. Preparaba el café negro y fuerte, y ajustaba la radio para traer entrañables voces que hablaban el viejo idioma de su otro país. Cada mañana agradecía volver a ser él por un rato, solo, en un jardín de un pueblo lejano, solo, en otro país, solo y olvidado; pero ser él. Hasta que se acordaba de la llamada.

Había momentos en que casi lograba dejar de creer en ella. Las contadas veces que sus nietos lo visitaban y le correteaban alrededor, o cuando sus hijas lo abrazaban fuerte, él se permitía pensar que quizá nunca sucedería, que nunca sonaría el teléfono con ese mensaje que él tenía grabado a fuego en algún lugar de su mente. Fantaseaba con una vida común y sincera, no la simulada, sino una sin fantasmas del pasado ni cuestionamientos de ningún tipo. Después de todo, se mentía a veces, él no había sido nada más que un patriota.

Pero la llamada, o la posibilidad de la llamada, siempre fue más fuerte, tanto que el teléfono en aquella casa estaba como en una especie de altar en el centro del living. Un teléfono negro y viejo que cuando sonaba era escuchado en todas las habitaciones y hacía temblar hasta los cimientos. Tan certera era la llamada que no había sucedido que el viejo nunca dejó su casa en todos esos años y nunca permitió que nadie más levantara el tubo.

Las tardes eran, sin dudas, la parte más pesada del día; era por lo general cuando el mundo a su alrededor se abría paso y lo invadía. Las noticias mediocres sobre ese país mediocre, o algún vecino inoportuno con temas irrelevantes lo sacaban de quicio y sin embargo en su cara solo podía verse amabilidad y una sonrisa agradable. Porque, después de todo, él no podía ser realmente él en ese país, en ese pueblo, o en ningún lado.

Esa noche, que no iba a ser nada diferente a todas las otras noches, se acostó a leer alguna de sus tantas novelas olvidables con la lista de compras a su lado. Cada tantas páginas recordaba algo que sería necesario y lo anotaba con una excelente caligrafía en la lista. Al otro día pediría las compras a la hija del vecino, como desde hacía tantos años. Esa noche no tuvo pesadillas, solo sueños. No los recordaría nunca, pero los sueños versaban sobre un pasado en el que él era protagonista y en el cual sus ojos brillaban siempre.

Cinco y media de la mañana sonó el teléfono. El viejo atendió sin ganas y con cierto enojo. Escuchó atentamente mientras su cara palidecía y sus músculos se tensaban. A las seis de la mañana había muerto.

 

Ellos dos fue publicado en la gran revista Insilio el 14-11-2017.