Contracara

Mi nombre acarrea una pesada carga imposible de llevar, aún así lo prefiero a mi segundo nombre que es herencia y que no tiene significado alguno. No suelo encontrar virtudes propias con facilidad pero vivo como si me sobraran. Creo que amé muchas veces, aunque en cada nuevo intento reinvento el concepto y entonces mi pasado. Hay pocas cosas que me importan realmente pero suelo perderme en rincones insignificantes. Disfruto de mi propia compañía excepto cuando yo no alcanzo. Escribo porque muchas veces lo que hay en mi sobra. No estoy listo para morir mañana, aunque me gustaría exprimir mi vida como para estarlo.

Mi nombre acarrea una pesada carga imposible de llevar, por eso prefiero mi segundo nombre que es herencia y que no tiene significado alguno. Soy de encontrar virtudes propias con facilidad pero vivo como si me faltaran. Creo que no amé nunca, aunque en cada nuevo intento dudo del concepto y entonces de mi pasado. Casi nada me importa realmente pero suelo olvidarlo perdiéndome en mil épicas distintas. No disfruto de mi propia compañía excepto cuando los demás sobran. Escribo porque muchas veces lo que hay en mi no alcanza. Estoy listo para morir mañana, aunque me gustaría un día más, un poco más.

Anuncios

El Coruñes.

Él sabía que en esa mesa descansaron otros vasos, vasos de encuentro y vasos de angustia. Tocando la superficie gastada y lisa de tanto roce se preguntó qué decisiones se tomaron, qué historias empezaron y cuántas terminaron en ese preciso lugar. Al ritmo frenético del charleston en una noche jazz, se cuestionó cuánto de lo que él era en ese momento, en ese bar, era de él y cuanto venía de la silla endeble frente a la mesa vieja, en el rincón oscuro, al lado de la hermosa barra del Coruñes. Pudo notar levantando la vista cada tanto, que cada una de las otras mesas con sus ocupantes agazapados sobre algún secreto, con los cuadros cercanos observando y con las sombras juguetonas, eran como una unidad coherente y combinada de colores, gestos e historias. Eran viñetas breves pero profundas. Se imaginó que quizás él también era parte de algo más, un invitado en un relato de otro, utilería que acompaña, un accesorio. El saxo subía cada vez más y ya no se podían escuchar conversaciones, ni botellas, ni risas. Todos los acordes y todas las melodías estaban empujando el volumen hacia arriba y apretando su pecho hacia atrás. Convencido de que el final era inminente, sabía que vendrían los aplausos y entonces la bocanada de aire, y la cuenta y el irse de allí para volver a ser él, dueño y protagonista. O al menos protagonista, o al menos él. Pero el final no llegó y su corazón que ya era un tambor a un ritmo desquiciado, se entregó a la penumbra que lo rodeaba, y a la mesa, e inevitablemente a su vaso. Sin más opción echó la cabeza hacia atrás y se fundió él también en una postal en la que aparecía pero no le pertenecía. El dueño del bar, que sin ver observaba todo desde la barra sonrió por primera vez al ver el gesto del hombre de la mesa tres y como un director de orquesta ordenó el fin de la música con un leve movimiento de su mano. Satisfecho y luego de anotar algo en un pedazo de papel, envío la cuenta al hombre como liberandolo.

El Tesoro de la Rambla Sur.

El niño, parado en lo más alto del extremo de la escollera Sarandí, resistía al viento y al frío, como desafiando al mar y a todo lo que el mar esconde. Aunque no llovía, llevaba unas divertidas botas de goma azules, y su campera amarilla, fina y larga, volaba detrás de él como si fuera una capa. Su pelo, tan revuelto como un nido y tan negro como la noche, contrastaba con una cara pálida, redondeada y triste. Ocultos en un bolsillo interior, traía una lupa y una pequeña libreta.
A pocos metros, sobre una de las grandes rocas dispuestas para frenar las olas, se encontraba una mujer. Llevaba un gran sobretodo negro y pelo muy blanco, muy corto. Sostenía con una mano y con su cintura una larga caña de pescar y con la otra un tabaco apagado hace mucho. Ella también miraba al horizonte con dureza, pero el suyo era un desafío que llevaba ya muchos años.
—Me parece que no podés estar ahí —dijo ella con voz firme y rasposa que, sin llegar a gritar, buscaba ser oída a pesar del viento y el romper de las olas.
—Si no pudiera, no estaría —contestó el niño señalándose a sí mismo con un gesto burlón, acostumbrado a retos y rezongos.
La respuesta no tuvo ningún efecto sobre la mujer, que se limitó a hacer ese movimiento que hacen los pescadores con la caña, para recordarle al agua lo que ellos esperan. El niño mirándola fijo trató de saber más sobre la pescadora, sacar alguna conclusión, robarle algún detalle. Pero ella, dándole la espalda, con su mirada todavía fija en el infinito, no revelaba nada. Ansioso, se dio por vencido y confesó: estoy aburrido.
La mujer, sin apuro, se dio vuelta y lo miró a los ojos por primera vez.
—Yo nunca me aburro, yo busco tesoros —agregó apenas moviendo los labios, mientras volvía a mirar el mar con una sonrisa pícara que el niño, que ahora tenía los ojos como platos y el corazón latiendo como un tambor, no llegó a ver.
Él, decidido, bajó las escalerillas a toda velocidad y se acercó a donde estaba ella, con cuidado, procurando no caer por entre las piedras. Parado a su lado, esperó unos momentos y otra vez interrumpió a las olas:
—¿Qué tesoro? ¡Yo también quiero buscar!
La mujer lo miró nuevamente, esta vez causando escalofríos en el cuerpo del niño. Su cara era como un papel arrugado mil veces y sus ojos, verdes y grandes, parecían flotar encima de pómulos puntiagudos dentro de grandes cuevas oscuras. Ella tiró al agua el viejo tabaco y recogió lentamente el hilo del carrete. Cuando terminó señaló con la punta de la caña unas marcas en una piedra a varios metros de distancia y con una mirada firme lo dirigió hacia allí.
Casi corriendo, el niño volvió a trepar el muro principal y con pequeños saltos llegó hasta la piedra señalada, puso su mano sobre las marcas y miró nuevamente a la mujer en busca de más detalles. Ella había vuelto a tirar el anzuelo y sonreía imperceptiblemente, como quien sabe que está a punto de pescar algo.
—¡Señora! —le gritó con impaciencia— ¿Qué es? ¿Es una pista? —preguntó emocionado mientras recorría con un dedo el surco del número ciento veintitrés, tallado en la piedra. Ella no contestó y él, entendiendo las reglas de un juego que no le habían explicado, tomó su libreta, anotó el número y siguió buscando entre las piedras.
Más tarde, el niño, algo agitado, levantó la vista de su libreta llena de números y repasó las piedras de la escollera con la mirada; estaba bastante seguro de que los tenía a todos. La tarde amenazaba con irse y él sabía que esa era su señal para volver a casa. Descubrió a la mujer a pocos metros de él, con la caña al hombro, mirándolo con interés por primera vez.
—Hay un tesoro escondido en Rambla Sur —empezó diciendo con un tono más amistoso, como si él hubiera pasado una prueba—, está enterrado desde su construcción, y esos números —siguió casi susurrando— son solo el comienzo. No vuelvas hasta que descubras qué significan. La mujer desapareció por la escollera y él, apretando firme su libreta, corrió a su casa con una sonrisa y un misterio.

Fases.

Salgo al mundo cada mañana, con el sol o antes que él, invencible, solo y suficiente. Hay algo que se acumula durante la noche y logra arrancarme de la cama, y de tus brazos, sin trámites ni vueltas. Me levanto y salgo, no importa nada. A esas horas yo podría ganar cualquier carrera, podría saltar bien alto, correr, no sé, lo que sea. A mi en esos momentos me mueve algo más, me impulsa algo más. No importa la gravedad, ni la pereza ni el cansancio. Ni siquiera importa el frío, ni el agua, ni todas las malas noticias que siempre hay. Yo arranco y atropello. Por eso siempre me gustaron las mañanas.

Debo reconocerte que en ese estado, mientras arranca el día con sus obligaciones y con las mías yo me cuestiono todo, no es todo el tiempo sino en las pausas. En el baño frente a un espejo, o en algún pasillo o no sé entre cosa y cosa, yo me cuestiono. Digamos que la misma fuerza que me saca de la cama, y de los sueños, me permite atreverme a fantasear con otras decisiones, con otro trabajo y con otras aventuras. Es como que a esa altura del día, todavía con el superpoder al mango yo puedo replantearme, y ahí, en esos ratos debo confesarte, yo no te extraño. Por eso me complican esos momentos, me complican las pausas.

Más tarde, en general cuando el sol empieza a retirarse, o un poco antes, o a veces después las cosas entran a complicarse. El mundo como que se acomoda y toma su verdadera dimensión mientras yo tomo la mía. El se agranda y yo me achico, obvio. Ni que hablar que ya no me cuestiono, más bien entro a dudar. No es todo el tiempo, pero en esos pequeños fracasos cotidianos, cuando algo no me sale o cuando nada me sale yo entro a dudar. Y no sé porqué pero la duda siempre trae a otros, bueno, la duda siempre te trae a vos. Y ahí me pregunto en qué andás y cómo andás y si vos también estás dudando. Por los otros y por las dudas es que yo odio las tardes.

Al final del día, o más bien cuando el sol es recuerdo y la luna se encarga de las sombras, cuando está todo definido, cuando el día ya fue, ahí, es cuando yo no alcanzo. Ahí cuando atropella el hambre y no soporto más la vestimenta que es armadura, cuando todas las ventanas ajenas se prenden delatando vida o al menos movimiento mientras acá sobra el espacio y hasta la soledad es arisca, en ese momento, yo no soy suficiente. Es como si para que tenga sentido seguir despierto necesitara ser completado, recargado, alimentado por algo, por alguien. Bueno, preferiría que por vos. Es por la necesidad y lo solo que yo detesto las noches.

Imagen.

Estoy mal sentado en el viejo sillón, pies en la mesa, mantas en ellos y en mí. No se ve bien. Dejé la postura recta en la entrada junto a los objetivos y planes, justo al lado de la sonrisa. El frío está porfiado y juguetón se cuela por todos lados haciendo que yo me hunda para que el sillón me abrace. Es un viernes raro, mi mente está como mirándome desde afuera de mí, como en un documental de esos en los que no pasa nada. No se ve bien. No estoy mal, no sé bien cómo funciona pero estar mal es mucho más interesante. En la tristeza es como que hay un nudo y entonces habrá tarde o temprano un desenlace, para bien o mal, un punto, un fin, una novedad. Pero hoy no estoy mal. Es como que no estoy, salvo que sí estoy. Despeinado, con los pies húmedos y las manos heladas, los hombros caídos y el teléfono en silencio. No se ve bien. La casa es un caos, hay ropa en todos lados, las mesas están llenas de cosas y encima están mis pies. No sé qué pasó en la cocina pero la evitaré, el baño está hecho un desastre y la cama parece una trampa. No se ve bien. Sé que en algún momento algo pasa, igual que en los documentales. Lo sé porque hace años que vivo conmigo, en algún punto llega la ducha y la emoción de la salida, o el timbre que trae el cálido abrazo o el trago que recuerda el timbre que trae el cálido abrazo. Pero por ahora, así hundido en el viejo sillón rodeado de silencios helados como el invierno. No se ve bien.