Hombres de negocios, mujeres a la moda,
punkies chetos y punkies sucios.
Motoqueros sin moto, judíos ortodoxos,
viejitas y adolescentes.
Turistas de sombrero, familias enteras, amantes,
niños ruidosos, demasiados.
Músicos, gente que le gustaría ser músicos,
gente de todas las clases sociales, pobres no.

Entré como quién entra a casa ajena, pidiendo permiso, como con verguenza, casí arrepentido, es que la cantina del club a esa hora tenía más olor a casa de familia que a bar. La barra vacía y el pool como desubicados, y los veteranos sentados frente a la televisión con mate y bizcochos, el atardecer cayendo lento, y las copas del Waston junto a los banderines y viejos cuadros tapizando las paredes. -Pasan el partido? pregunté tímido, esperando la negativa que me permitiera salir como disparado hacia la seguridad de lo conocido. -Si, sentate nomá, me contestó simpático el cantinero, mientras su señora abría la ronda frente al televisor y me observaba sin perder detalle preguntándose seguramente, y éste quién carajo es?

image

Arranqué mal, me di cuenta al llegar al BPS que en esa oficina pública tampoco habría un lugar destinado a atar bicicletas, pregunté al pedo, porque me miraron con cara de “acá no es, y no, no podemos hacer una excepción, y si todo bien pero son órdenes” la encadené donde pude y me dirigí transpirado y caliente al mostrador de informes.

El policía me indicó donde se sacaban las historias laborales, esperé un ascensor, ascendí, saque un número y esperé.