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Escribo cosas. A veces.

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Esto es una lista de cosas que me molestan, en ningún orden en particular. Me molesta la humedad que te da cómo frío pero después no. Me molesta el sol en un día nublado que amaga a salir pero que después no; me molestan las medias tintas y todo lo que podría ser pero que no es. Me perturban los desalineos, odio que el cuadro que tengo en la pared no pueda estar centrado con la alformbra y con la mesa y al mismo tiempo con el sillón. Detesto que por esa razón yo me tenga que sentar siempre un poco al costado y que entonces el lugar dónde estoy esté hundido, blando e incómodo. Me decepciona que mi planta, la grande, crezca sin ningún criterio. ¿Cuánto puede costar un poco de simetría? Me enferma el ruido de la heladera, ya sé que debe ser el motor, pero suena a tripas, suena a vivo y cuando voy, abro y miro y no hay nada me molesta lo al pedo del ruido, y lo al pedo de una heladera vacía. Me molestan los bebés que lloran, los que hablan fuerte y los que gritan. Me desespera la nena de arriba que corre cómo para hacerme daño. Me molestan las motos que pasan y el paso del tiempo. Me molesta el malestar que me produce la molestia, pero sobretodo detesto que la humedad y el casi frio, y las asimetrías, y los ruidos, y el paso de otros junto el paso del tiempo, me encuentren sentado incómodo en un sillón hundido pegándole a las teclas de una vieja máquina de escribir. Molesto.

Fueron los aviones sobrevolando la rambla los que me arrancaron del sueño inquieto, o tal vez el sol que colado por la ventana dió demasiado calor para ser tan otoño. Me había tirado en el sillón como rendido al domingo y a mi mente que se niega a parar. Salí a tomar aire dejando paso a la idea que a los días lindos hay que aprovecharlos, salí con el libro serio porque para fantasías ya estoy yo. Salí sin pretender nada, porque de los domingos tan domingos nada se puede esperar.

Los otros, que siempre aprovechan más el día, estaban mirando las piruetas. Los otros, que siempre agarraron más abrigo y que siempre tienen compañía, apuntaban dedos y cámaras a los avioncitos que a lo lejos daban vueltas. Me senté al revéz de ellos y sin vista a los aviones. Les dí la espalda sin planearlo, pero ni bien llegué a la rambla supe que me faltaba abrigo y sentarme al reparo del muro a contrapelo del mundo pareció la mejor opción.

El libro serio es interesante pero las letras me resbalan y no logro distraerme. Estoy leyendo ciencia y entonces trato de agarrarme de algo, pero cualquier intento de domar el tornado de emociones se siente inútil. Cierro el libro y tiro la cabeza hacia atrás, tres aviones pasan como si fueran una sola flecha, segura, certera y orgullosa. Parece que se ríen de mí. Cierro los ojos y espero, el ruido desaparece, el sol se apaga y cuando los abro estoy sólo. Los otros, que toman siempre mejores decisiones ya no están. La rambla dura se pone incómoda y yo estoy sólo otra vez en un domingo de otoño.

En esa casa, la última del camino que más allá lleva a la montaña, vivían el viejo y la llamada; el viejo, apegado siempre a su rutina como si eso fuera lo único que lo mantenía con vida, y la llamada, cuyo contenido él conocía pero que todavía no había sucedido. Ni la esposa fiel que había muerto hace diez años, ni las hijas tan mejores que él que ya tenían sus vidas en la ciudad, no: allí solo vivían el viejo y la llamada que todavía no había sucedido.

Cada mañana, justo antes del amanecer, el viejo salía al patio que más allá se confunde con el bosque con una taza de café en la mano y una radio de onda corta. Preparaba el café negro y fuerte, y ajustaba la radio para traer entrañables voces que hablaban el viejo idioma de su otro país. Cada mañana agradecía volver a ser él por un rato, solo, en un jardín de un pueblo lejano, solo, en otro país, solo y olvidado; pero ser él. Hasta que se acordaba de la llamada.

Había momentos en que casi lograba dejar de creer en ella. Las contadas veces que sus nietos lo visitaban y le correteaban alrededor, o cuando sus hijas lo abrazaban fuerte, él se permitía pensar que quizá nunca sucedería, que nunca sonaría el teléfono con ese mensaje que él tenía grabado a fuego en algún lugar de su mente. Fantaseaba con una vida común y sincera, no la simulada, sino una sin fantasmas del pasado ni cuestionamientos de ningún tipo. Después de todo, se mentía a veces, él no había sido nada más que un patriota.

Pero la llamada, o la posibilidad de la llamada, siempre fue más fuerte, tanto que el teléfono en aquella casa estaba como en una especie de altar en el centro del living. Un teléfono negro y viejo que cuando sonaba era escuchado en todas las habitaciones y hacía temblar hasta los cimientos. Tan certera era la llamada que no había sucedido que el viejo nunca dejó su casa en todos esos años y nunca permitió que nadie más levantara el tubo.

Las tardes eran, sin dudas, la parte más pesada del día; era por lo general cuando el mundo a su alrededor se abría paso y lo invadía. Las noticias mediocres sobre ese país mediocre, o algún vecino inoportuno con temas irrelevantes lo sacaban de quicio y sin embargo en su cara solo podía verse amabilidad y una sonrisa agradable. Porque, después de todo, él no podía ser realmente él en ese país, en ese pueblo, o en ningún lado.

Esa noche, que no iba a ser nada diferente a todas las otras noches, se acostó a leer alguna de sus tantas novelas olvidables con la lista de compras a su lado. Cada tantas páginas recordaba algo que sería necesario y lo anotaba con una excelente caligrafía en la lista. Al otro día pediría las compras a la hija del vecino, como desde hacía tantos años. Esa noche no tuvo pesadillas, solo sueños. No los recordaría nunca, pero los sueños versaban sobre un pasado en el que él era protagonista y en el cual sus ojos brillaban siempre.

Cinco y media de la mañana sonó el teléfono. El viejo atendió sin ganas y con cierto enojo. Escuchó atentamente mientras su cara palidecía y sus músculos se tensaban. A las seis de la mañana había muerto.

 

Ellos dos fue publicado en la gran revista Insilio el 14-11-2017.

Mi nombre acarrea una pesada carga imposible de llevar, aún así lo prefiero a mi segundo nombre que es herencia y que no tiene significado alguno. No suelo encontrar virtudes propias con facilidad pero vivo como si me sobraran. Creo que amé muchas veces, aunque en cada nuevo intento reinvento el concepto y entonces mi pasado. Hay pocas cosas que me importan realmente pero suelo perderme en rincones insignificantes. Disfruto de mi propia compañía excepto cuando yo no alcanzo. Escribo porque muchas veces lo que hay en mi sobra. No estoy listo para morir mañana, aunque me gustaría exprimir mi vida como para estarlo.

Mi nombre acarrea una pesada carga imposible de llevar, por eso prefiero mi segundo nombre que es herencia y que no tiene significado alguno. Soy de encontrar virtudes propias con facilidad pero vivo como si me faltaran. Creo que no amé nunca, aunque en cada nuevo intento dudo del concepto y entonces de mi pasado. Casi nada me importa realmente pero suelo olvidarlo perdiéndome en mil épicas distintas. No disfruto de mi propia compañía excepto cuando los demás sobran. Escribo porque muchas veces lo que hay en mi no alcanza. Estoy listo para morir mañana, aunque me gustaría un día más, un poco más.

Él sabía que en esa mesa descansaron otros vasos, vasos de encuentro y vasos de angustia. Tocando la superficie gastada y lisa de tanto roce se preguntó qué decisiones se tomaron, qué historias empezaron y cuántas terminaron en ese preciso lugar. Al ritmo frenético del charleston en una noche jazz, se cuestionó cuánto de lo que él era en ese momento, en ese bar, era de él y cuanto venía de la silla endeble frente a la mesa vieja, en el rincón oscuro, al lado de la hermosa barra del Coruñes. Pudo notar levantando la vista cada tanto, que cada una de las otras mesas con sus ocupantes agazapados sobre algún secreto, con los cuadros cercanos observando y con las sombras juguetonas, eran como una unidad coherente y combinada de colores, gestos e historias. Eran viñetas breves pero profundas. Se imaginó que quizás él también era parte de algo más, un invitado en un relato de otro, utilería que acompaña, un accesorio. El saxo subía cada vez más y ya no se podían escuchar conversaciones, ni botellas, ni risas. Todos los acordes y todas las melodías estaban empujando el volumen hacia arriba y apretando su pecho hacia atrás. Convencido de que el final era inminente, sabía que vendrían los aplausos y entonces la bocanada de aire, y la cuenta y el irse de allí para volver a ser él, dueño y protagonista. O al menos protagonista, o al menos él. Pero el final no llegó y su corazón que ya era un tambor a un ritmo desquiciado, se entregó a la penumbra que lo rodeaba, y a la mesa, e inevitablemente a su vaso. Sin más opción echó la cabeza hacia atrás y se fundió él también en una postal en la que aparecía pero no le pertenecía. El dueño del bar, que sin ver observaba todo desde la barra sonrió por primera vez al ver el gesto del hombre de la mesa tres y como un director de orquesta ordenó el fin de la música con un leve movimiento de su mano. Satisfecho y luego de anotar algo en un pedazo de papel, envío la cuenta al hombre como liberandolo.