Tenés nombre de viejo.

Nadando en la piscina oigo como llaman a Nico. No se muy bien quién es, debe ser la segunda vez que lo veo y la primera que escucho su nombre. “Nico” es un nombre común y habitual. Nicolás es el nombre de esos varones que querés que sean tus amigos en la escuela, casi siempre confiables y bastante seguido atractivos. Si los Nicos tuvieran un color sería el azul, no sé por qué. Sospecho que los Nicos de mi vida, o aquellos recordables, eran amigables, confiables y atractivos. Quizá mi cerebro, siguiéndole la corriente a la cultura y a la crianza asocie esas características al color azul. No estoy seguro.

Pienso que los nombres están antes que nosotros y tienen casi siempre una historia. Quienes ponen nombres no solo te hacen existir sino que te etiquetan, te marcan. Nadie nunca me preguntó pero si me preguntaran diría que me parece demasiado. Los que nombran, nombran con una intención no siempre clara pero de consecuencias enormes. Ellos a veces quieren continuar una tradición religiosa o familiar y sus hijos se llaman como santos, vírgenes o apóstoles. O buscan anexar un significado a la futura persona y le estampan “Libertad” a quien en ese momento es todo menos libre. En ocasiones buscan pertenecer a una moda o una época y copian los nombres de la gente con casas más grandes o vidas más interesantes. Quienes nombran también intentan hacer homenajes, y depositan sin saberlo en alguien que recién es, o será dentro de poco, no solo el significado de una palabra y algo de contexto, sino que le cargan además la vida, la obra y muchas veces la muerte de los usuarios previos del nombre.

Los nombres además, como si tuvieran vida propia, traen más cosas consigo. Cosas que vienen de contrabando y que ni los que nombran podrían comenzar a imaginar. Como mínimo traen un sonido asociado que quienes intenten llamar la atención de la persona nombrada tendrán que emitir. “Nico”. Y al ser dicho el nombre, al sonido escapar de la boca del que llama, se multiplicará tantas veces como personas alrededor haya, y al llegar a cada una de ellas llegará también otra información: amigable, confiable, azul: “Nico”.

El problema más grande de los nombres es que el significado de su nombre es inalcanzable para el nombrado. ¿Qué significa, por ejemplo, Raúl? Es imposible extraer conclusiones cuando el experimento es uno, además mi nombre no me pertenece. De esto estoy seguro. Esta versión particular del nombre Raúl es ajena. El nombre y el homenaje fueron pensados mucho antes de mi nacimiento, lo sé porque cuando nació mi hermana mayor el nombre no pudo usarse, el homenaje no pudo hacerse. Los nombres me confunden.

¿Qué espera el que dice “Raúl”?, ¿qué imagina el que lo escucha? Me dicen “Raúl” varias veces al día pero, ¿qué ven cuando lo dicen?, ¿qué soy para ellos? Me pregunto cuántos Raúles en promedio conoce la gente y qué color piensan que tenemos los Raúles. ¿Verde?, ¿marrón? “Tenés nombre de viejo” me dijo una nena una vez. Ya sé. Ya sé que tengo nombre de viejo, de Él viejo. Tengo el nombre de un padrino sin bautismo. El padrino de muchos y de ninguno porque los héroes no tienen tiempo para hijos, mucho menos para ahijados. Pero no es solo el nombre, son los nombres que vienen con el nombre, es el glosario anexo, pesado, no solicitado ni por el dueño original del nombre ni por mí, pero que de todas maneras tengo que cargar: Balas, Rufo, Caña, Justicia, Charcot.

Llevo el nombre de un cuadro, de una foto y la foto tiene una firma y la firma es mi segundo nombre. Entonces, ni mi segundo nombre me pertenece, porque pertenece a mi padre, que además de padre y héroe ocasional, es fotógrafo de héroes a tiempo completo. Existen también fotos de mí sacadas por mi padre, “Raúl vení que tengo que probar un rollo”, pero ¿quién ese ese Raúl?, ¿qué cara tiene que poner en la foto? Hasta el día de hoy escucho mi nombre y me pregunto qué esperaba ver mi padre a través del lente y del espejo y del visor. Esperaría mi cara, su cara, o la cara del nombre que retrató antes con esa misma cámara y la misma escala de grises. ¿Cuál?