El Asco.

—¿Sabés lo que va a pasar?

Miró la cara que tenía enfrente con resignación e intentó negar la realidad con pequeños movimientos de cabeza. Lo miró a los ojos intentando encontrar o quizá sembrar la duda.

—Va a ser lento y largo. ¿Lo sabés, no? Va a empezar como empieza cualquier noche, como si fuera una aventura, un recreo de lo cotidiano lleno de posibilidades. Todo va a cambiar, no podremos salir a la calle, tocarnos, ni caminar por la playa. El peligro será el otro, el miedo, los demás. Al principio lo que suceda aquí será algo excepcional y terrible pero lejano para los que están lejos. Va a morir gente, y otros verán morir gente por la televisión. Pero eso sucede siempre, y como siempre, cambiarán de canal. Luego, muy rápido, las noticias internacionales se volverán locales, y las muertes de unas cuadras más allá serán noticias en otros países. Habrá, dentro del horror, cierto consuelo patético de que lo mismo les sucede a todos y en todos lados. Esa extraña condición democrática que tiene la muerte que alivia porque iguala. El promedio fatal, un azar justiciero. Pronto el conteo de infectados y muertos será tan frecuente como el reporte del clima. Un día soleado será cuando las tasas de muertos permanezcan estables. Un tsunami ocurrirá cuando la curva de la gráfica se salga de control. Sabemos que será así. Las caras de los que sobrevivan tendrán que recortarse a la mitad, sus miradas valdrán el doble. Todos aquellos que sostenían su presencia en el mundo habitando e iluminando espacios con su sonrisa se verán amputados de ese poder y tendrán que tapar sus bocas para no esparcir, aún más, el veneno. La desconfianza será, todavía más, lo normal y el contacto con otra piel, otras pieles, será el tabú social más grande. La noche durará tanto, que finalmente nadie esperará el amanecer, y pocos lo recordarán. La luna y sus ciclos tendrán que ser suficientes, y entonces, lo mejor que nos podrá pasar a todos los vivos en cualquier momento dado será una luna muy llena y que haya espacio suficiente para enterrar a los muertos. Habrá tedio y aburrimiento, desesperación y pánico pero en los pocos momentos tranquilos descubriremos todo aquello que sobra en nuestra existencia. La ropa, el auto, los zapatos, los paseos se volverán adornos de navidad inútiles porque ya no habrá más navidades. Las ventanas se volverán altares donde el concepto de libertad será cocido al calor de las velas hasta que no quede nada más que un extracto sin sustancia. Más allá o más acá pero inevitablemente cuando alguien pregunte ¿qué es la libertad? Los fieles de las ventanas dirán a coro y con voz solemne: ¡Un café! ¡Una tienda! ¡Un cine! Y eso será para los religiosos vocacionales porque el resto ni siquiera recordará la palabra. Los tiranos seguirán haciendo tiranías, más graves, más grandes porque las calles estarán vacías y porque su poder no necesita de las sonrisas visibles. Cuando finalmente llegue el amanecer, porque el amanecer llegará, nadie lo recibirá porque nadie lo estará esperando. Llegará, se ubicará en un rincón y susurrara “nueva normalidad”, “nueva normalidad” pero nadie va a escuchar, porque ya no quedará nadie que sepa escuchar. Lo que habrá después, lo que ese amanecer encontrará será otra humanidad, ni mejor ni peor, menguada, atrofiada, sin memoria. ¿Estás seguro?

El reflejo en el espejo sonrió condescendiente mientras las manos abrían un maletín que no parecía contener nada importante dentro, mucho menos, una pequeña muestra de un desconocido virus fatal.