El buen vecino.

El cadete suspiró y miró el reloj lleno de telarañas de la pared. Si el viejo llegaba dos minutos después le habría tocado a Gonzales. Quién sabe hasta qué hora tendría que quedarse hoy.

—A ver, repítame desde el principio, así le tomo declaración.

—Con mucho gusto, espero que esta vez anote lo que tengo para decir. ¿Usted sabe lo que es vivir en un edificio de apartamentos? Mi edificio tiene cinco pisos, cinco entradas con sus respectivas escaleras y tres pozos de aire. Hay dieciséis apartamentos por entrada. ¿Tiene idea de cómo viajan los sonidos en un edificio así? Cada escalera soporta el movimiento de aproximadamente 60 personas. Muchos de ellos niños. No tengo nada contra los niños, yo fuí un niño alguna vez. Pero, por alguna razón, estos niños tienen la costumbre de correr por las escaleras, frenar justo delante de mi puerta y gritar como si estuvieran a punto de morir. Ojalá, je je. broma, broma.— El veterano hizo un gesto preocupado con las manos como recordando dónde estaba— Antes de gritar, por lo general los niños lloran. Entiendo que es perfectamente normal que lloren porque no tienen otra forma de comunicarse. En un edificio como este uno puede escuchar llorar a los bebés que viven inmediatamente arriba o inmediatamente abajo, salvo en verano que los sonidos se mueven de forma diferente pero ya llegaré a eso. Se pueden calcular las probabilidades de escuchar llorar a un bebé en un edificio en cualquier momento dado, dada la tasa de natalidad de este país y algunas otras variables, no lo voy aburrir. Sin embargo, yo fui beneficiado en el apartamento que está justo por encima del mío con una anomalía estadística que no para de traer bebés al mundo. Como le dije no tengo nada contra los niños pero es que llega un momento en que es abrumador. También hay perros, y a diferencia de los niños, que pueden ser hasta necesarios en cualquier sociedad, considero que los perros no lo son. Francamente su existencia dejó de tener sentido para el hombre civilizado hace muchos siglos. No es que andemos arreando ovejas en el medio de la ciudad. No me quiero ir por las ramas, en mi edificio hay perros. Técnicamente están prohibidos por reglamento pero es muy difícil aplicar el reglamento cuando hay vecinos que sostienen que los perros son su única compañía, casi como hijos, y que por lo tanto deben ser tratados como tales. Una situación muy difícil intentar regular por igual a perros y niños pero supongo que lo más fácil sería simplemente prohibirlos a todos. Perdón tache eso, pobres niños. Volviendo a la situación del edificio: Mi apartamento se encuentra en el primer piso. En un día normal puedo escuchar por las ventanas que dan a la calle el tráfico y a los vecinos conversar en la vereda. Usar la vereda de living no es algo que yo acostumbre a hacer, pero supongo que es normal e inevitable. También cuando entra alguien, escucho como se golpea la puerta de adelante, como el perro de la señora del 2 le ladra a la persona que está entrando y como los perros del 3 le ladran al perro del 2. Si se trata de una persona sola y decente no escucho más nada hasta que llega a su apartamento y cierra su puerta que casi siempre se escucha salvo que estemos hablando de alguien sumamente considerado, pero ya casi no quedan. Ahora, si la persona que entra tiene consigo niños o perros bueno, ya lo dije, gritos, caos y destrucción de la paz. A veces pienso que esos niños me odian, pero no puedo imaginarme porque. Si la persona que sube es la señora del 12 siempre trae consigo una valija muy pesada que arrastra con mucho esfuerzo por los escalones haciendo clack, clack, clack por aproximadamente 15 minutos. Es un sonido repetitivo y lento, y a lo largo de su duración siempre me pregunto qué habrá en esa valija. Alguna vez pensé que podría ser un cadáver, no no borre eso, no es mi intención difamar a nadie. Por último lo otros que pueden subir son los que yo llamo “sociables” que frenan en todos los descansos a charlar con alguien sobre temas absolutamente intrascendentes, ojo no me malinterprete yo no tengo ningún interés en escucharlos, pero me obligan.—

El veterano hizo una breve pausa para respirar y el cadete, que no podía creer su mala suerte, aprovechó: —Disculpe no entiendo a dónde quiere llegar.

—Si me escuchara me entendería. ¿Qué le parece que hace uno cuando todo esto resulta insoportable? Bueno se mueve dentro de su apartamento a la cocina, al baño o al dormitorio. ¿Y que tienen en común estos tres espacios? El pozo de aire. Al pozo de aire dan dieciséis ventanas, doce balcones y cuatro patios. La mitad pertenecen a mi entrada, es decir son vecinos a los que puedo identificar y la otra mitad son seres completamente anónimos a los cuales conozco solo por sus ruidos, así que disculpe si la información no es completa pero es que tampoco puedo saberlo todo. En la planta baja, están los poseedores de los patios. Es natural que todo lo que hagan allí retumbe y llegue a todas y cada una de las ventanas, pero sería decente que lo tuvieran en cuenta. En particular los dueños del cachorro que llora sin falta todos los días a las siete de la mañana. Ni que hablar del que lava ropa a mano, que está filosóficamente en contra de los lavarropas, porque dinero para apostar en caballos tiene, pero que hace ruidos similares a gemidos cuando está lavando que rayan lo indecente. Es el mismo que le habla a sus plantas y conversa desde su patio con todas las señoras del edificio, cada una de ellas desde su ventana. A veces, los sábados, todos hablan al mismo tiempo en una especie de reunión multidimensional que se justificaría solo si fueran inválidos, ¿O cómo se dice ahora? Discapacitados, no quiero ser irrespetuoso. Un piso más arriba está el alcohólico que ocasionalmente deja su radio prendida, que no es tan grave porque como su puerta está enfrente a la mía puedo pedirle que baje el volumen y en general reacciona bien, pero, y a esto quería llegar, también está también la señora conectada a un respirador artificial que hace un sonido cada 20 segundos día y noche. Bip Bip, Bip Bip. Es tan constante como las olas del mar si uno viviera frente al mar, pero no, uno vive ahí. Tan constante que a veces me parece que no lo escucho pero eso es simplemente porque hay ruidos peores que lo tapan, por ejemplo un piso más arriba están las hermanas que creen que cantan pero ladran, y que no estudian ni trabajan. Y obviamente está la anomalía estadística reproductiva cuyos niños que ya no son bebés saltan y rebotan por todo su piso, mi techo, con total impunidad. En verano, cuando todas las ventanas están abiertas los ruidos se multiplican y sumado a la humedad y el calor las ganas de tirarse de la azotea aumentan. Pero volviendo al punto, en esos días la máquina de la señora casi no se escucha y si bien yo desearía que se apague, el sonido, no la señora, no me mire así, el ruidito sigue ahí como su pulso.

Y el veterano hizo una pausa que pretendía ser misteriosa pero el cadete que había dejado de anotar hacía rato simplemente quería terminar con el asunto: —¿Y entonces? ¿Qué pasó?

—¿Cómo que qué pasó? Ya le dije que vine a denunciar un asesinato. Desconectaron a la vieja. La mataron. Sentí voces, la máquina hizo beeeeeep, así largo. No Bip, Bip. Sino beeeeeeep. Oí risas y luego vino la funeraria. Recién ahí, llantos. Menos mal que no escuché a la vecina del 12 con la valija haciendo tack, tack sino si que me asustaba, je je. Eso último borralo por favor.

En fin, como le dije al principio, estoy tratando de ser un buen vecino.