Pastas Caseras.

Camino por la peatonal bajo un perfecto sol de otoño. Son la una de la tarde y decidí salir a comprar la pasta aunque sé que no debería. Veo que hay otras personas en la calle en este domingo de sol, otoño y cuarentena, y pienso que el mundo puede estar terminando, pero el almuerzo de domingo es importante.

El sol me da de frente en la cara y tengo que esforzarme para que no se note lo mucho que estoy disfrutando esta caminata, es un disfrute con culpa, pero disfrute al fin. Cada vez que me cruzo con alguien establecemos un breve contacto visual, como para decidir para qué lado se moverá cada uno y así evitarnos con éxito. Pero en cada una de esas miradas se trasmite mucho más: “juro que tengo buenas razones para haber salido”, “si prestás atención ves la bolsa de supermercado que llevo en la mano”, “no tengo tapabocas pero estoy siendo cuidadoso”.

Con esto del aislamiento noto que también la relación con los animales callejeros ha cambiado, y ahora cada vez que se me acerca algún perro en estas breves salidas es como que me preparo para salir corriendo y evitar todo contacto. Ellos probablemente no comprenden el porqué de mi comportamiento cuando antes los acariciaba y les hacía fiesta, más aún cuando el virus a ellos no los afecta, pero uno nunca puede ser demasiado cuidadoso.

Me vibra el bolsillo y en el teléfono veo como mi madre y mi hermana se intercambian fotos de las pastas caseras, les cuento que voy camino a comprarlas y me dicen que por favor me cuide, que el virus ahora aguanta más tiempo en el aire, que use tapabocas.

Me zumba una mosca en la oreja y pienso que mi relación con los insectos no ha cambiado para nada, los sigo odiando como siempre. Es que nunca pude entender su utilidad y además estoy seguro de que hay algo en mí que los atrae particularmente. La mosca se tira de nuevo contra mi y tratando de esquivarla hago como una pirueta rara en el medio de la peatonal que espero no haya visto nadie, igual es inútil y la mosca me da directo en la cara.

A medida que avanzo no puedo evitar pensar en dónde ha estado esta mosca antes y a quién más ha estado molestando. Camino unos paso más aún con la sensación de que la mosca me sigue cuando tengo que parar de golpe al recordar que los insectos y más particularmente las moscas reparten todo tipo de enfermedades, y entonces la realización me golpea porque es de suponer que trasmiten también este virus.

Me toco instintivamente la cara con una mano y luego miro mi mano pensando en que inevitablemente la mosca estuvo recién o hace un rato en la cara o mano de alguien más, y antes de eso en otra persona y antes en otra. No sé cuánto viven las moscas pero lo más probable, y más aún siendo esta una zona de turistas, es que la mosca haya estado en contacto con algún infectado.

Camino cada vez más rápido descartando la idea de ir a comprar la pasta, pensando únicamente en que necesito lavarme la cara y las manos cuanto antes. Voy casi corriendo con las manos extendidas con la sensación de que me caminan bichos por la piel aunque sé perfectamente que aunque estén allí caminando sería imposible sentirlos.

Bajo por Sarandí y el pánico se apodera de mis pasos y ahora voy corriendo sin siquiera intentar disimularlo. Veo adelante la escollera y veo el Río de la Plata tranquilo y libre de virus y se me ocurre que escuché a alguien decir que el virus no puede sobrevivir en el agua. Debería doblar en Pérez para volver a mi casa pero la idea de ahogar a los bichos que sé que caminan por mi piel parece lo más razonable o quizá lo único que queda por hacer.

Mientras sigo corriendo me quedo casi sin aire y freno agitado dando grandes bocanadas solo para darme cuenta que la mosca dejó el virus en mi cara y entonces se me retuerce la boca en una arcada al imaginarla llena de bichos intentando entrar. Apreto los labios lo más posible y trato de correr respirando solo por la nariz para evitar que entren y se hagan un festín dentro de mi.

La escollera está vacía y mientras la recorro a toda velocidad ya me siento más seguro alrededor de toda esta agua que probablemente esté fría y por lo tanto sea aún más letal para el virus. Avanzo sin dudarlo por el empedrado ya sin casi respirar pero con la firme convicción que de esto depende mi supervivencia. Llego al final y lo que debo hacer aparece claro en mi cabeza porque más allá del peligro que pueda suponer lanzarse al mar, más peligroso es ser comido vivo por el virus que ya ha matado a tantos.

Subo con agilidad el muro pensando rápidamente que fue imprudente tocarlo con la mano pero sé que es demasiado tarde y a mi se me acaba el tiempo así que tomo carrera a toda velocidad para llegar al agua porque si no lo hago podría terminar herido entre las piedras y el virus podría entrar más fácilmente por esas heridas así que corro más rápido para llegar más lejos y de pronto el suelo desaparece y entre el río y yo solo hay aire que espero no esté también infectado.

La caída parece detener el tiempo y por fin siento cierto alivio porque que ya nada está en mis manos y a partir de ahora lo que vendrá no depende de mí ni de mi prudencia. Pienso y prometo aún cayendo que si salgo de esta con vida, las pastas de domingo las haré yo también en casa.