Las casas del Centro.

Con varios amigos hicimos un cadaver exquisito, este relato es el resultado. Ahora planeamos hacer uno multitudinario. Si te querés sumar comentá abajo o escribinos.

Voy caminando por un barrio desconocido, atento a la numeración que desciende de dos en dos; la casa de Noelia no debe estar a más de cien metros. Es de tardecita, quizá las siete, y el día está agradable, tan agradable como estaba ayer, previo a acostarme. Voy a buscar un libro, un libro de algo que no recuerdo. Tampoco sé si es Noelia quien me lo presta, o si soy yo el que lo había prestado y ahora ella me lo quiere devolver. ¿En serio voy tan solo a buscar un libro?

En ese momento me cae un mensaje en el celular: es ella. Me pregunta con un tono chistoso si ya estoy yendo. ¿Por qué me hace esa pregunta?, ¿si aún estoy en hora? Miro el reloj en el celular, son siete y veinte, y ahora entiendo que habíamos quedado de encontrarnos y media. También entiendo que su casa queda cerca de la mía y que, ya vestido y perfumado, sentado en mi sillón azul, había estimado el tiempo de caminata para llegar a tiempo. Me miro la ropa. Es verdad, estoy muy bien vestido, y perfumado. Vuelvo a mirar la hora, siete y veinte, y vuelvo a mirar el mensaje. ¿Voy a su casa solo por el libro? Quiero contestarle de manera graciosa, quiero decirle que ya estoy llegando, quiero decírselo en un tono que nada tiene que ver con un simple mandado, pero sin motivos levanto la vista y veo un auto que estaciona unos metros más adelante: lo miro salir, es Martín.

¿Hace cuánto que no veo a Martín?, ¿diez años?, ¿o quizá veinte? Estaciona una camioneta enorme, digna de los cuatro hijos que sé que tiene. Lo sé por otros, por los compañeros de liceo que sí veo. Con él aún de espaldas me pregunto si debo saludarlo o hacerme el boludo. También me pregunto qué haría él si estuviéramos con los roles cambiados, yo estacionando un pequeño auto, en el que cabe apenas un recién nacido, y él caminando a lo de su nueva amiga. Resuelvo que Martín pararía a saludarme. Resuelvo parar y saludarlo.

Martín gira sobre sí mismo, me ve y me reconoce; no importan los años, no importan los quilos que llevo encima. De inmediato su cara se transforma en un recuerdo, en un lindo recuerdo. Yo no soy ni cerca el del liceo, él seguramente tampoco, pero ambos vemos en el otro el pasado. De pronto siento que mis propias facciones replican otros momentos, mi garganta está dispuesta a soplar palabras que no digo hace un montón, que ni siquiera sabía que alguna parte de mi cabeza había resuelto guardarlas en una cajita, a la espera de este rencuentro. Creo entender que a Martín le pasa lo mismo. Me arrimo unos pasos más hacia él. Nos saludamos con un beso, no hay abrazo, no hay palabras.

Con una seña Martín me indica que mire hacia la camioneta. Hay varios niños que no llego a reconocer si llegan a cuatro, y en el asiento delantero está Tati. Está igualita, a Tati no le pasaron los años en absoluto. La saludo con la cara, ella hace lo mismo, sin bajar siquiera la ventanilla; con Tati nunca supimos hablar más de dos palabras seguidas. Intento hacer foco en los niños. Desde que tengo a Sebita los niños me interesan un poco más que antes. Los busco en el asiento de atrás pero no llego a verlos bien, no sé si por el polarizado de los vidrios o porque me distrae la extraña decoración que tiene toda la camioneta, con cortinados y motivos infantiles. En ese momento Martín me pregunta qué hago por ahí y con eso entiendo que acaba de estacionar en su propia casa. Me preparo para responder, aún con la mirada en esas cortinas de auto blancas y rosadas; empiezo a pensar mi respuesta, intento hacer memoria y entender por qué motivo estoy ahí, a las siete y media de la tarde, caminando por esa calle tranquila, de adoquines, de veredas angostas, y descubro que ya no lo recuerdo.

Le miento a Martín que estoy haciendo mandados y saludo rápido con la mano a Tati y a los niños, a Martín le doy un abrazo raro, incómodo porque de pronto me quiero ir de ahí y sé que él se da cuenta, y entonces más apurada y torpe resulta mi partida. Camino diez, veinte metros, forzando la mirada al frente, hasta que logro doblar en la esquina y perder a Martín y a su familia definitivamente. Reconozco pequeños detalles de las casas, y algún que otro árbol me resulta familiar pero la información de dónde estoy y por qué me es inalcanzable.

Me pregunto qué hago acá, me siento un poco idiota, como cuando me levanto de una siesta excesivamente larga. Decido seguir caminando, trato de no entrar en pánico porque, entre todo lo que no sé, tengo una vaga sensación conocida de haberme sentido así antes. Veo un café de esos simpáticos y chiquitos un poco más adelante y a falta de mejores ideas decido entrar. Adentro es tan acogedor que me gustaría que fuera invierno para refugiarme entre estas paredes cargadas de libros viejos. La mesa amarilla del fondo me llama como un imán y me deslizo en el asiento con práctica, como si fuera el sillón de mi casa.

El asiento y la mesa y hasta el almohadón en el que estoy apoyado logran calmarme un poco. Recorro con la mirada el café y le pido con una voz que sale demasiado aguda un café a la muchacha de pelo corto que está detrás de la barra. Ella me sostiene la mirada unos segundos antes de tirar un “claro, ya te lo llevo” que me resulta un poco más familiar de lo que debería.

Tengo el café en la mano.

Lo último que recuerdo es pedir el café, y ahora, con el café en la mano, noto que no recuerdo que la muchacha lo haya traído y que no sé cuánto tiempo pasó. ¿Qué me pasa? Me empieza a temblar la mano izquierda y siento que corre un sudor frío por la espalda. Necesito salir de acá, no estoy bien.

Busco plata en la billetera para dejarla arriba de la mesa y así evitar papelones con la muchacha pero cuando levanto la vista está ella, sonriéndome paciente, y dice: “¿todo bien por acá?” No sé qué le digo pero se lo digo mientras me voy parando, y al mismo tiempo le señalo la plata que está en la mesa y también intento guardar la billetera. Me sale todo más o menos y creo que no estoy siendo muy educado pero no me importa porque sigo temblando y siento que si sudo una gota más ella se va a dar cuenta.

Cuando llego a la puerta, ya agradeciendo el vientito que me da en la cara, escucho que la muchacha del café me llama y medio que me asusto y freno de golpe pero sin lograr decir nada, y en eso ella me alcanza con un teléfono gris en la mano que tiene una lucecita parpadeante y me dice con la misma voz cálida de antes pero ahora con un poco de lástima mezclada: “Felipe, te lo olvidabas”. Agarro el celular y lo giro, y la miro de nuevo esta vez y para variar pensando que es ella la loca, y le contesto esperando no sonar muy antipático pero fallando terriblemente: “no, no es mío”.

“No es mío”, le vuelvo a decir, pero insiste en que me lo lleve, dice que si no es mío no es de nadie. “Felipe”, me dice, como para decirme algo, entonces la miro, la miro a los ojos porque ya no sé a dónde mirar, las palabras salen de mi boca atragantadas, escupidas una atrás de la otra, para devorarse, para ver cuál de todas llega primero, “yo no soy Felipe”, le digo, y no me dice nada, la lengua se me atora, como si en vez de café hubiera tomado whisky, se me mezcla con el paladar y ya no sé dónde empieza qué parte de qué, y le repito, “yo no soy Felipe”. Igual agarro el celular y corro.

Ojalá nunca hubiese corrido, estoy cansado, muerto, y solo tengo 100 pesos, “una Norteña”, le pido a la señora del almacén, “un Norteña bien fría”. “99 pesos”, me dice, “por ahora, el pan subió a 5 ya. Cuidate, no son días de andar saliendo, Felipe”, me dice mientras me entrega un peso en la mano. Me siento en la esquina, no quiero que nadie me hable de la suba del dólar, ni de estar encerrado en mi casa, ¿acaso yo no tengo derecho a tomarme una cerveza fría tranquilo?

Miro el celular y solo hay un mensaje nuevo, “Felipe, no te olvides de la zanahoria”. Lo último que recuerdo es pedir el café, la plata, la moza y yo corriendo. La cerveza está helada, y bien amarilla, como a mí me gusta. Pienso en vender el celular, en hacerme unos mangos para escapar del país antes de que la peste me alcance, irme lejos, donde no haya nadie que se llame Felipe, donde no haya nadie que pueda confundirme con una persona que no soy yo.

Ya no recuerdo tanto, no recuerdo casi que nada, ahora junto unas monedas en la esquina, las señoras me miran, parece que nunca hayan visto una persona pidiendo monedas en la esquina, las señoras me miran y mueven los labios, por suerte no alcanzo a escuchar, pero puedo leer sus bocas, porque será que aprendí a leer las bocas de las señoras, porque, Felipe, dicen, sin aire, sin voz, Felipe, ese no soy yo, repito en mi cabeza, y que si antes lo era y ahora no, y que, ahora tampoco se pude cambiar en la vida, superarse, ser otro.

Pienso en mi viejo, en la insistencia con que repetía que todos debíamos tener metas en la vida, que debíamos superarnos. Lo recuerdo sentado junto a la vitrina donde mamá guardaba la cristalería que había heredado de mi abuela y que solo usaba en ocasiones especiales, para las fiestas o los cumpleaños, en ese rincón, a media luz, donde lustraba sus zapatos todos los domingos, religiosamente, para tenerlos prontos para el lunes, para llegar a la oficina puntual como todas las mañanas. Era su momento preferido para hablar de responsabilidad y la superación. Después se apagaba la tarde y, también él, dejaba los zapatos lustrados junto a la puerta. Tal vez en ese momento él o yo hubiera querido creer en esas palabras, tener fe en que un día las cosas serían diferentes. Pobre viejo.

Miro el cielo, aún más amenazante que hace un rato. No va a tardar en caer la lluvia. Tardo un rato mirando una señora que con poca destreza intenta descolgar unas sábanas que se alborotan con el viento, en el enredo saltan varios palillos de la cuerda. Me divierten esas pequeñas torpezas de la gente, yo nunca fui un tipo torpe y estoy seguro de que hubiera logrado descolgar esas sábanas con mucha presteza y elegancia, como si estuviera actuando sobre un escenario. Pero ahora ya a nadie le importa la elegancia, “qué hubiera sido de mi viejo y sus zapatos lustrados”. Me río a carcajadas y acomodo el cuello de la camisa para cubrirme del viento que empieza a soplarme con fuerza en la nuca. Pienso que es hora de buscar un refugio del agua y enseguida, sintiéndose convocadas, empiezan a caer unas gotas pesadas, advirtiendo que no tardará en desplomarse el cielo.

Decido tomar refugio en la parada, aun sabiendo que es una decisión equivocada, y que si la lluvia viene con viento, terminaré empapado. De todas maneras rumbeo hacia allí, decidido, aunque con ritmo tranquilo; el tiempo ha dejado de ser un problema para mí. Mientras me acerco, ya sintiendo el agua mojándome la ropa, me vuelvo a reafirmar en esa idea “tengo derecho también, a mis malas decisiones”. Me siento reconfortado con en ese pensamiento. Antes, mi yo el de antes, vivía pensando en eso de las decisiones, siempre con miedo a tomar el camino equivocado. Todas esas buenas decisiones hacen que no tenga más de lo que llevo puesto.

Llego a cubrirme bajo la garita antes de que caiga la lluvia con fuerza, parece que ando con suerte.

Sentado acá, en la parada, veo la lluvia caer y a los otros ir y venir hacia sus lugares y no puedo dejar de pensar si alguna vez yo tuve un lugar que fuera mío. Pienso y escarbo en los recovecos oscuros de mi memoria fragmentada pero no hay nada que tenga sentido allí. Ese, mi yo de antes, quizá pudiera sentir nostalgia en un día como hoy, quizá pudiera perderse en recuerdos y sentimientos viejos y hasta envidiar a los otros que van hacia algún lugar y vienen de algún lado y probablemente lo hagan acompañados. Pero yo no. Yo simplemente agradezco mi suerte de llegar a un techo para no mojarme tanto mientras decido qué hacer después. No es una decisión fácil porque la información con la que cuento es limitada, probablemente resulte en una decisión equivocada pero no me importa. Mi yo de antes probablemente tendría pánico de no saber qué ómnibus tomar o en qué dirección ir. Yo en cambio miro las caras de los otros, y los números de las líneas en busca de alguna pista que me indique mi camino sin que me importe demasiado. Es que si me guío por lo último que recuerdo es seguro que dentro de poco no recordaré este momento y entonces lo que haga ahora no puede salir mal.

Algo me vibra en el bolsillo derecho del pantalón. Meto la mano sabiendo que, obviamente, voy a encontrarme con un celular, pero no con ese celular gris, tan viejo, tan hecho mierda. Leo el mensaje que aparece ni bien aprieto una tecla: “te quedan diez minutos, Felipe”. Me da lástima que ese tal Felipe no se entere que le mandaron un mensaje. Probablemente no llegará a tiempo a ningún lado, y probablemente el resto nunca sabrá que él ya no es la persona detrás de ese número, detrás de ese celular gris. Me pregunto cuánto se demora en rearmar la vida cuando perdés la lista de contactos. Me pregunto cómo se rearma mi vida con una nueva lista de contactos. Respondo el mensaje: “pasame tu dirección”. Voy al mensaje de la zanahoria y respondo lo mismo. Entro a la agenda y selecciono contactos al azar: a todos le mando lo mismo, a todos les pido la dirección. Mando todos los mensajes que puedo, hasta que se termine el saldo, o hasta que alguien me conteste. A los dos minutos me contesta una tal Rosina Bocci. “Mercedes 1254”, me dice, “¿por?”. No respondo, no espero nuevos mensajes. De pronto tengo la seguridad de que el 125 me sirve.

Me subo al bondi y pago con las pocas monedas que tengo. “Mercedes 1254”, me digo a mí mismo, “no te olvides, boludo”. Lo repito constantemente mientras voy avanzando por el pasillo hacia el fondo. La poca gente que viaja parada, tal como viajo yo, me mira cada vez que tomo un buche de birra del pico. Yo los miro fijamente a los ojos y los invito, por más que ya está caliente y fea, por más que sé que nadie va a aceptar. Después me río en voz alta, sin sacar mis ojos de los de ellos. Nadie más ríe.

El viaje dura poco. Cuando presto atención el bondi ya está doblando por Uruguay, y en cualquier momento me bajo. Temo haberme olvidado la dirección, Mercedes doce… ¿doce nosecuánto? Se aparece la voz de mi viejo, “¿cuáles son tus metas para hoy?”. Mi meta, ahora, es acordarme ese número de mierda, porque ya es tarde, y me están esperando. ¿Quién me está esperando? ¿No iba a buscar un libro que había prestado? Cuando ya estoy llegando a Mercedes, algo me vibra en el bolsillo izquierdo. Saco el celular, lo desbloqueo con el dedo. Mensaje de Noelia, me dice que hace horas que me está esperando. Pero yo no sé quién es Noelia, ni me importa. Ahora solo quiero saber en cuál de todas estas casas del Centro debo timbrar para recuperar mi libro.

Este texto fue escrito en cuarentena por Felipe, Lorena, Maru y Raúl. Es de todos y de ninguno.