La ventana.

En la ventana de la señora Martínez que daba a la calle Reconquista pasaba algo raro. Desde que se mudó para la Ciudad Vieja y miró para afuera por primera vez supo que lo que veía no era del todo normal. Desde la privilegiada ubicación, la ventana se encontraba en el segundo piso, cualquier persona vería dos casonas viejas en frente, una plaza en la esquina y estirándose un poco, la rambla. Cualquier persona menos ella.

21 de Febrero, 15:32

Nunca había visto nevar, ¡qué maravilla! El blanco es infinito. Lo que daría por caminar allá abajo… Hace bastante frío pero es agradable después de nuestro verano infernal. Ya está por oscurecer, ¿países nórdicos quizá?

Algunos días después de mudarse intentó averiguar si alguien más notaba algo raro en sus ventanas. “¿Conocía a los que vivían acá antes?” preguntó a una vecina quién encantada de la oportunidad se despachó. “Estuvo vacío un tiempo antes de que llegaras, pero antes de eso había gente muy rara, él desapareció de un día para el otro y al final a ella todo el mundo la conocía como la loca de la ventana, ahora está en un geriátrico”.

Ella no sabía muy bien si era su imaginación o algún tipo de ilusión pero cada día su ventana daba a una realidad diferente. La ilusión, o el sueño era poderosamente realista y cuándo abría su ventana su realidad, el pequeño apartamento y su vida simple, se veía invadida por climas, aromas y sonidos imposibles. Durante un tiempo creyó que no había ningún tipo de orden y se despertaba cada mañana ansiosa tratando de adivinar lo que vería, pero pronto se dió cuenta que los paisajes se repetían en el mismo orden más o menos cada 29 días.

3 de Abril, 9:16

Todo lo que veo es color pastel, debo estar en una casa sobre un camino de tierra. ¡Creo que lo del costado en hileras son viñedos! Y allá al fondo un pueblito con techos de tejas y paredes amarillas. Seguramente allí se debe comer muy bien.

La señora Martínez anotaba todo en pequeñas libretas; las listas para las compras, los cumpleaños y cualquier otra cosa importante. Todo lo detallaba a lápiz debajo del día y la hora. Ella no lo hubiera reconocido pero tenía un poco de miedo de empezar a perder la memoria. Algunos meses después y gracias a sus libretas podía anticipar todas y cada una de las postales que su ventana le regalaba. Cada día, en cada paisaje sucedían todo tipo de cosas que ella, desde la seguridad de su ventana, podía observar, sentir y disfrutar como si estuviera viajando pero sin toda la complicación.

Ella no salía mucho de su casa, entre las novelas que pedía en la biblioteca del barrio y su ventana tenía todo el entretenimiento que podía necesitar. Su hija había insistido en una televisión, “para hacerte compañia mamá”. La había comprado y la había instalado en un rincón, como hacía todo, sin preguntar ni pedir permiso. A su hija, que nunca vio nada extraño en la ventana, no le gustaba que su madre viva sola “a su edad” y siempre insistía con los problemas del barrio, la inseguridad y las escaleras. Su hija venía siempre los sábados a controlar que todo estuviera bien. Cada tanto sugería que el apartamento era muy grande y que su madre estaba muy sola sin comprender porqué le gustaba tanto vivir allí.

Pero la vida de la señora Martínez era regular, tranquila y feliz. En la mañana se preparaba un café con leche y dos tostadas y se sentaba frente a la ventana con su libreta y un lápiz a su lado. En la tarde leía en su sillón y a veces se quedaba dormida. Algunas noches se quedaba escuchando voces lejanas que frecuentemente hablaban en otros idiomas, y muy ocasionalmente se animaba a saludar con un gesto o una sonrisa. Disfrutaba siendo testigo silenciosa de la historias afuera de su ventana y sentía un poco de sana envidia de los paisajes y de los personajes dentro de los paisajes.

15 de junio, 9.21.

Acá adentro está frío pero desde la ventana llega una luz cálida demasiado brillante para esta época. Me acerco y el verde es infinito, verde salvaje con florcitas amarillas por todos lados. Ya no estoy en un segundo piso, allí esta debe ser la ventana de una casita de campo, a lo lejos se huele el mar.

Un sábado cualquiera de esos en que su hija llegaba con buenas intenciones pero con poca paciencia la rutina se rompió. “¿Qué es esto mamá?” preguntó mientras agarraba la última libreta de la mesa y pasaba las hojas con ansiedad. La señora Martínez supo en ese momento viendo los ojos de su hija que no importaba lo que respondiera. “Nada mija, un juego”. “Pero mamá, acá dice que ayer nevó, y habla de campos verdes. Mamá, ¿estás bien?” La señora Martínez se paró a lavar las tazas del té y dejó a la hija hablando sola.

En algún momento de ese día o quizá algunos días después su hija llamó con una decisión: “Mamá creo que mejor que que no vivas más sola, es peligroso y estás imaginando cosas todo el tiempo. Encontré un lugar dónde vas a estar más cuidada. Te voy a buscar el sábado, ¿si?” Colgó el teléfono contrariada pensando que tal vez su hija tendría razón, después de todo la ventana era su única compañía.

El próximo sábado la ventana daría al paisaje verde con las montañas blancas de fondo, el que tiene unas cabañas de madera todas perfectamente alineadas a la orilla de un lago. El de las vecinas simpáticas que la saludan siempre desde lejos, el que es cálido pero no demasiado, el que no tiene bocinas ni timbres ni camiones del gas con música.

Tenía algunos días para prepararse aunque solo se llevaría lo mínimo indispensable. Sin apuro organizó un bolsito con algo de ropa liviana y algún abrigo, las cosas del baño, los medicamentos y, lo más importante, sus libretas. En ellas tenía el detalle de todos los afueras distintos que iban rotando al ritmo de la luna.

El viernes de noche lentamente y con esfuerzo empujó la mesa contra la ventana, apartó las sillas a un costado y arrimó un banquito cerca de la mesa. Agitada y sin aliento miró el apartamento y se aseguró que no extrañaría más nada. Se fue a dormir esa noche, cómoda y satisfecha, como casi todas las noches. Su única preocupación era la cama del día siguiente, ¿sería cómoda? Ojalá se pudiera acostumbrar.

Se levantó temprano al otro día, preparo el té con tostadas habitual mientras repasaba la rutina de sábado de los vecinos a través de sus ruidos. Decidió que si se olvidaba de esta parte, de los ruidos, no sería una gran pérdida. Se calzó, se puso el sombrero viejo que hace tantos años no usaba, agarró el bolsito de cuero y se paró frente a la ventana. Su hija llegaría más o menos en una hora pero ella estaba ansiosa.

Abrió la ventana con timidez, el día afuera era hermoso y el living se llenó de olor a flores de campo, y del canto de pájaros lejanos. Vió a las vecinas amables en los bancos a la orilla del lago, algunas tomando el té, otras jugando a las cartas, ¡hasta había una nadando! Con una sonrisa arrancó una hojita de su libreta, anotó algo rápido y la dejó debajo del centro de mesa.

2 de Julio, 8:45

adentro / afuera / ventanas / fronteras

Subió con cuidado primero al banquito y a la mesa después, no quería caerse justo hoy. Se acordó de repente que no había lavado la taza del desayuno pero decidió dejarle también eso a su hija. La ventana estaba casi a nivel del pasto largo y grueso de afuera. Tiró el bolso y agarrándose el sombrero pegó un saltito que sería el más ágil en años.