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Escribo cosas. A veces.

Es domingo en Parque Rodó, son las cuatro de la tarde y el sol parte la tierra. Llegó por fin el calor, y como siempre llegó acompañado de la humedad, el sudor y las no ganas. Yo nunca estaría acá, a esta hora y con este calor, pero hoy estoy. No estaría jamás tomando un jugo al costado del lago con mi pareja cuidando un cochecito que adentro tiene un bebé durmiendo, pero hoy estoy.

Siempre hay miradas, no? A la gente le gusta mirar. La señora de la mesa de al lado, que no sé si normalmente es de mirar, hoy a nosotros, nos mira. Hay cierto mandato de estar relajado, puede ser el jugo de naranja con hielo, o el bullicio y movimiento que anuncia verano; pero todo indica que hay que estar tranquilo y sin embargo hay algo de tensión. Quizá son las miradas, quizá el pensar sobre el pensamiento que se construye detrás de las miradas, quizá el llanto desconsolado que sale del bebé que está en el cochecito. Entonces a pesar del mandato de verano y felicidad hay tensión en forma de ruido y de miradas que ahora son más y se acumulan sobre mí, sobre mi pareja, y sobre el bebé incuestionablemente ajeno.

Lo levanto y me lo llevo a mirar los árboles y a otros niños, le hablo de los pájaros y de las lanchas y del verano. El suda y llora y yo sudo y sudo. Le muestro una pelota, otra pelota, más pájaros, más niños. Supongo que no importa lo que digo sino el tono en el que lo digo, entonces digo cosas sin sentido pero intentando mostrar paciencia y un sentido de “todo está bien”. Cada vez que siento que las miradas se acumulan, me muevo más allá para empezar de cero con otros árboles, otros pájaros y otras miradas. Finalmente el niño deja de llorar, y mientras suda y babea me mira como diciendo, bueno no está todo bien, pero tendrás una oportunidad.

A mi me alcanza y me muevo con el niño en brazos hacia mi mesa. En el camino, que no deja de ser un camino triunfal porque logré tranquilizar a la criatura, veo que voy justo en dirección a cruzarme con la señora que estaba sentada en la mesa de al lado. Me preparo para responder “me lo robé” como forma de devolverle, o más bien escupirle las miradas y los pensamientos detrás de las miradas. Pero, en lugar de hacer la pregunta que creo que quiere hacer, dice con soltura como si no fuera una vieja desubicada: “vos sos el padre presente y el otro, que no hace nada, el padre ausente no?” Y entonces, sorprendido y desarmado apuro el paso y contesto entre dientes: “no, no; soy el tío”.

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