Cuatro enanos.

El Señor S vivía sólo en un edificio de apartamentos sobre la rambla en la ciudad vieja. S no hablaba frecuentemente con sus vecinos, ni saludaba demasiado ni conocía mucha gente de su cuadra. El se consideraba a sí mismo un solitario, sus vecinos preferían la palabra antipático.

Cada vez que S entraba o salía de su edificio, al ir a trabajar, o cuándo iba a correr no podía evitar sentir pena por los cuatro enanos de jardín que habitaban la pequeña terraza de la planta baja.

El asunto es que los enanos de jardín no vivían en un jardín, sino en un espacio reducido de cemento que daba a la calle y que sólo compartían con una variedad de plantas artificiales cada una más grotesca que la anterior.

Claro que S se sentía estúpido al sentir pena por los enanos de jardín viviendo en tales condiciones, ya que los enanos de jardín no vivían. El señor S era solitario, antipático y nunca se reía.

En la cuadra del edificio, al final de la calle, había una escuela para niños pequeños. Todos los días temprano en la mañana y nuevamente de tarde pasaban padres con sus hijos desde o hacia la escuela. Niños y niñas gritaban, pataleaban y reían debajo de su ventana. Muchas veces obligaban a sus padres a detenerse para mirar mejor a los cuatro enanos, y también a ellos les gritaban o les tiraban cosas. S sabía que el comportamiento de los niños era perfectamente normal pero aún así los gritos le molestaban profundamente, y no podía evitar pensar que a los pobres enanos también.

El señor S había llegado a la conclusión de que su vecino, el señor del apartamento 1A y dueño de los enanos, era un tipo cruel. No había sido una conclusión repentina, pero cada vez que sentía a los niños gritarle a los enanos, o cuándo el viento pegaba violento en sus ventanas, y por lo tanto en los enanos que estaban a la intemperie, S se convencía de que su vecino no era un buen tipo.

La preocupación de S por los enanos fue creciendo sin que él lo notara demasiado. Se sentía un poco tonto al hacerlo pero no podía evitar sentarse un rato en los escalones del edificio, a lado de la terraza cuándo nadie lo veía, para hacerle un poco de compañía a los cuatro enanos.

Un día mientras llegaba a su casa, distraído y cargado de bolsas de supermercado, el señor S sintió que le chistaban. Miró a su alrededor y cuándo no encontró a nadie se movió incrédulo hacia los enanos. El recordaba que sus expresiones eran serias y acartonadas, pero esta vez los enanos parecían mirarle directamente y uno de ellos casi que sonreía.

El señor S no volvió a ser el mismo, y a medida que los días se acortaban y el clima empeoraba, aumentaba su pena por los enanos y el odio por su vecino.

Fue una noche fría de tormenta cuándo el señor S decidió actuar, no decidió nada realmente, sólo se encontró en medio de la noche subiendo uno a uno, sigiloso, los enanos para su casa. Una vez seguro de que nadie lo había escuchado acomodó los enanos en un rincón y los limpió para que recuperaran su color original.

El señor S no alteró en lo más mínimo su rutina, iba a trabajar, salía a correr y no hablaba mucho con nadie. Pero si alguien hubiera prestado atención habría notado que el señor S últimamente parecía feliz. Nada más se supo del vecino de abajo y nadie más preguntó por los enanos.

Dos por tres cuando los niños pasaban ya sin nada para ver en la terraza vacía sentían unos chistidos que los llamaban, pero cuando miraban hacia arriba no veían a nadie. En el apartamento del señor S, Pícaro, Paco, Pablo y Piolín se reían a carcajadas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s