El Tesoro de la Rambla Sur.

El niño, parado en lo más alto del extremo de la escollera Sarandí, resistía al viento y al frío, como desafiando al mar y a todo lo que el mar esconde. Aunque no llovía, llevaba unas divertidas botas de goma azules, y su campera amarilla, fina y larga, volaba detrás de él como si fuera una capa. Su pelo, tan revuelto como un nido y tan negro como la noche, contrastaba con una cara pálida, redondeada y triste. Ocultos en un bolsillo interior, traía una lupa y una pequeña libreta.
A pocos metros, sobre una de las grandes rocas dispuestas para frenar las olas, se encontraba una mujer. Llevaba un gran sobretodo negro y pelo muy blanco, muy corto. Sostenía con una mano y con su cintura una larga caña de pescar y con la otra un tabaco apagado hace mucho. Ella también miraba al horizonte con dureza, pero el suyo era un desafío que llevaba ya muchos años.
—Me parece que no podés estar ahí —dijo ella con voz firme y rasposa que, sin llegar a gritar, buscaba ser oída a pesar del viento y el romper de las olas.
—Si no pudiera, no estaría —contestó el niño señalándose a sí mismo con un gesto burlón, acostumbrado a retos y rezongos.
La respuesta no tuvo ningún efecto sobre la mujer, que se limitó a hacer ese movimiento que hacen los pescadores con la caña, para recordarle al agua lo que ellos esperan. El niño mirándola fijo trató de saber más sobre la pescadora, sacar alguna conclusión, robarle algún detalle. Pero ella, dándole la espalda, con su mirada todavía fija en el infinito, no revelaba nada. Ansioso, se dio por vencido y confesó: estoy aburrido.
La mujer, sin apuro, se dio vuelta y lo miró a los ojos por primera vez.
—Yo nunca me aburro, yo busco tesoros —agregó apenas moviendo los labios, mientras volvía a mirar el mar con una sonrisa pícara que el niño, que ahora tenía los ojos como platos y el corazón latiendo como un tambor, no llegó a ver.
Él, decidido, bajó las escalerillas a toda velocidad y se acercó a donde estaba ella, con cuidado, procurando no caer por entre las piedras. Parado a su lado, esperó unos momentos y otra vez interrumpió a las olas:
—¿Qué tesoro? ¡Yo también quiero buscar!
La mujer lo miró nuevamente, esta vez causando escalofríos en el cuerpo del niño. Su cara era como un papel arrugado mil veces y sus ojos, verdes y grandes, parecían flotar encima de pómulos puntiagudos dentro de grandes cuevas oscuras. Ella tiró al agua el viejo tabaco y recogió lentamente el hilo del carrete. Cuando terminó señaló con la punta de la caña unas marcas en una piedra a varios metros de distancia y con una mirada firme lo dirigió hacia allí.
Casi corriendo, el niño volvió a trepar el muro principal y con pequeños saltos llegó hasta la piedra señalada, puso su mano sobre las marcas y miró nuevamente a la mujer en busca de más detalles. Ella había vuelto a tirar el anzuelo y sonreía imperceptiblemente, como quien sabe que está a punto de pescar algo.
—¡Señora! —le gritó con impaciencia— ¿Qué es? ¿Es una pista? —preguntó emocionado mientras recorría con un dedo el surco del número ciento veintitrés, tallado en la piedra. Ella no contestó y él, entendiendo las reglas de un juego que no le habían explicado, tomó su libreta, anotó el número y siguió buscando entre las piedras.
Más tarde, el niño, algo agitado, levantó la vista de su libreta llena de números y repasó las piedras de la escollera con la mirada; estaba bastante seguro de que los tenía a todos. La tarde amenazaba con irse y él sabía que esa era su señal para volver a casa. Descubrió a la mujer a pocos metros de él, con la caña al hombro, mirándolo con interés por primera vez.
—Hay un tesoro escondido en Rambla Sur —empezó diciendo con un tono más amistoso, como si él hubiera pasado una prueba—, está enterrado desde su construcción, y esos números —siguió casi susurrando— son solo el comienzo. No vuelvas hasta que descubras qué significan. La mujer desapareció por la escollera y él, apretando firme su libreta, corrió a su casa con una sonrisa y un misterio.

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