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Escribo cosas. A veces.

Salgo al mundo cada mañana, con el sol o antes que él, invencible, solo y suficiente. Hay algo que se acumula durante la noche y logra arrancarme de la cama, y de tus brazos, sin trámites ni vueltas. Me levanto y salgo, no importa nada. A esas horas yo podría ganar cualquier carrera, podría saltar bien alto, correr, no sé, lo que sea. A mi en esos momentos me mueve algo más, me impulsa algo más. No importa la gravedad, ni la pereza ni el cansancio. Ni siquiera importa el frío, ni el agua, ni todas las malas noticias que siempre hay. Yo arranco y atropello. Por eso siempre me gustaron las mañanas.

Debo reconocerte que en ese estado, mientras arranca el día con sus obligaciones y con las mías yo me cuestiono todo, no es todo el tiempo sino en las pausas. En el baño frente a un espejo, o en algún pasillo o no sé entre cosa y cosa, yo me cuestiono. Digamos que la misma fuerza que me saca de la cama, y de los sueños, me permite atreverme a fantasear con otras decisiones, con otro trabajo y con otras aventuras. Es como que a esa altura del día, todavía con el superpoder al mango yo puedo replantearme, y ahí, en esos ratos debo confesarte, yo no te extraño. Por eso me complican esos momentos, me complican las pausas.

Más tarde, en general cuando el sol empieza a retirarse, o un poco antes, o a veces después las cosas entran a complicarse. El mundo como que se acomoda y toma su verdadera dimensión mientras yo tomo la mía. El se agranda y yo me achico, obvio. Ni que hablar que ya no me cuestiono, más bien entro a dudar. No es todo el tiempo, pero en esos pequeños fracasos cotidianos, cuando algo no me sale o cuando nada me sale yo entro a dudar. Y no sé porqué pero la duda siempre trae a otros, bueno, la duda siempre te trae a vos. Y ahí me pregunto en qué andás y cómo andás y si vos también estás dudando. Por los otros y por las dudas es que yo odio las tardes.

Al final del día, o más bien cuando el sol es recuerdo y la luna se encarga de las sombras, cuando está todo definido, cuando el día ya fue, ahí, es cuando yo no alcanzo. Ahí cuando atropella el hambre y no soporto más la vestimenta que es armadura, cuando todas las ventanas ajenas se prenden delatando vida o al menos movimiento mientras acá sobra el espacio y hasta la soledad es arisca, en ese momento, yo no soy suficiente. Es como si para que tenga sentido seguir despierto necesitara ser completado, recargado, alimentado por algo, por alguien. Bueno, preferiría que por vos. Es por la necesidad y lo solo que yo detesto las noches.

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