Grises.

Era de repente otra ciudad, la niebla densa y la humedad pegajosa cambiaban algo que lo cambiaba todo. De pronto el río era uno con el cielo, fundidos en un gris amenazante. Los pescadores eternos parecían multiplicarse y sus miradas hacia ningún lugar eran más hondas todavía bajo aquella luz. No lo habría imaginado pero la gente también paseaba en domingos como aquél, era claro, un paseo distinto, casi amargo. Iban, de a uno o de la mano solitarios, lentos, como si esperaran que la niebla y no sus pies los arrastraran hacia algún lugar más definitivo. El gris de la niebla, de las nubes y de la gente hacía que todo estuviera como en un mismo plano, estancado, inmóvil. Llegué a dudar del paso del tiempo, de todo lo que veía y claro dudé de ellos y también de mí. Durante la duda, no sé cuánto porque nunca sé cuánto duran estas cosas, yo también fui arrastrado por la niebla, yo también fui gris. En algún punto una pequeña ola rompió y una gota estremeció mi cara y no se si fue lo uno o lo otro pero fui devuelto a mi paseo, volví a las manos frías y al andar apurado o sea volví a mi ciudad. Mientras volvía, cansado y aliviado, me dije de forma firme y convincente, como para recordarlo, que hay domingos en los que es mejor quedarse adentro.

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