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Escribo cosas. A veces.

Se la podía ver los sábados de invierno después del mediodía en el viejo café del centro. Cuando entraba, las miradas la seguían con una mezcla de curiosidad y admiración. Desde que abría la puerta como acariciándola hasta que se sentaba en su silla como si se tratara de un trono era el centro del café, y su efecto alcanzaba a cualquiera que pasando por allí la viera a través del ventanal. Sus ropas, siempre rojas, y sus zapatos, siempre negros daban la sensación a quién mirara de estar frente a una estrella de cine, sólo los mozos sabían que el atuendo se repetía cada sábado, que los bordes de su tapado estaban raídos y que el maquillaje era poco sutil y barato. Aún así ellos, tan cautivados como cualquiera, la servían como a una reina.

Una vez sentada sacaba de su bolso color café un puñado de cartas en sobres rotos tapados de estampas y sellos que significaban antigüedad y nostalgia. Sacaba también una delicada lupa con bordes dorados y mango de madera oscura envuelta en un trozo de tela negra. Las cartas a su derecha y la lupa a su izquierda descansaban sobre la mesa de más al rincón cerca del ventanal. Sus manos esperaban sobre la mesa, y su espalda erguida sostenía una postura que hubiera intimidado al más valiente y conquistado al más insensible. Su mirada atravesaba el cristal y terminaba directamente sobre la fuente de los candados, pero ella no veía candados ni fuente alguna. Se veía a sí misma, y a veces a él en esa esquina, antes de todo, cuando todavía el futuro era una incógnita y cuándo los corazones latían con expectativa.

Llegó el cortado sin pedirlo acompañado de un par de croissants, el mozo lo dispuso en la mesa de manera de no perturbar el orden que allí reinaba, él sabía que eso sería todo lo que llevaría, pero por educación o tal vez por costumbre, siempre le preguntaba si quería algo más. Ella, que disfrutaba ese ritual como disfrutaba de todo, contestó amable negando con la cabeza y despachó al joven mozo con una sonrisa. Las cartas, el café y los recuerdos tendrían una tarde más de reencuentros con ella. Y las miradas, de dentro y fuera del café así como la pobreza y la vejez serían olvidadas por un rato, como quien cierra los ojos y decide soñar.

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