Pantuflas.

El invierno llegó antes de que pudiera cambiar las pantuflas. Lo agarró así, de golpe. De un día para el otro ventanas empañadas, pies helados y el eterno chiflido del viento cruel. Las pantuflas se le rompieron el año pasado: la del pie izquierdo expulsa una especie de relleno plástico por una rajadura a la altura del talón. El relleno, que cuando está en su lugar hace que todo sea más tibio y acolchonado se sale un poco con cada paso hasta que hay que empujarlo a la fuerza hasta su posición original. Tarda unas seis o siete pequeñas caminatas hasta salirse casi todo haciendo del invierno algo más horrible aún. El proceso de volverlo a su lugar no es fácil, lograr empujar el relleno blando por entre la suela y la tela sin tocar demasiado la parte sucia de la pantufla es para él, agotador. Varias veces consideró coser la pantufla alrededor del tajo para paliar la situación, y pensó una y mil veces en resolver el asunto de raíz y adquirir un nuevo par. Pero es que cada vez que su día comienza y se calza los zapatos negros, lustrados casi siempre, se olvida de los pequeños e insignificantes problemas domésticos. Sale a la calle y se entrega al frenesí de la rutina laboral, lleno de proyectos, plazos y reuniones sin propósito y sólo cuando vuelve, después de jornadas agotadoras, y pretende darle cobijo a sus pies helados es que recuerda las pantuflas y la pesada lucha que tendrá que enfrentar dentro de tres o cuatro idas al baño.

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