Las horas.

Coloco mi pulgar en el aparato que larga un bip como si yo fuera un producto más pasando por la caja del supermercado. La entrada de funcionarios es un helado pasillo con poca luz y menos vida. El guardia, vencido, doblado responde obligado a un saludo casi inaudible que emito yo también, obligado. Tiene frío y su único consuelo es una pequeña estufa eléctrica a sus pies, que sólo sirve como contrapunto, una excepción a la regla helada del edificio. Pobre, todavía le queda todo el día.

Subo la rampa sucia todavía con restos de obras que no sé cuándo empezaron y que probablemente no terminen nunca. Entro en la oficina, dejo mis cosas y recorro los escritorios de quienes ya han llegado saludándolos uno por uno, es siempre igual: con cada uno un gesto diferente, las manos que chocan más fuerte, o menos dependiendo de la simpatía, del estado de ánimo y a veces del clima. Con algunos hay un breve intercambio de palabras, no sé cuales, efímeras, se autodestruyen después de ser dichas y oídas.

El mate está pronto a mi izquierda, enfrente un monitor muestra el estado de las cosas y el otro muestra sin piedad y en negrita los mails sin leer, que son con frecuencia el anticipo cruel de las próximas ocho horas. Los responderé de a uno, a su tiempo. Cada uno tendrá, lo sé sin leerlos porque siempre es así, algo de tedio mezclado con pizcas de ansiedad. Si es un buen día uno de ellos traerá un desafío, un pequeño misterio y si no lo es habrá repetidos, de esos que he contestado ya mil veces, pero que siguen llegando.

Ya están casi todos, pequeños intercambios se escuchan cada tanto, en general es fútbol o alguna otra insignificancia. Las cabezas salen de atrás de los monitores para responder, se escucha alguna risa, en los mejores días vuela una pelotita. Es como un deja vu constante, los mismos chistes, los mismos goles. La implacable rutina que sorprendentemente algunos parecen no sufrir es sólo alterada por los momentos de crisis. Nada del otro mundo, pequeñas crisis, modestas. Supongo que habrá crisis más interesantes, porque las nuestras sinceramente, dejan mucho que desear.

Queda menos. El almuerzo irrumpe siempre todopoderoso, a las doce. Todo se pondrá en pausa hasta que los funcionarios se hayan alimentado. La larga mesa, la fila para el microondas, el chiste del día son también rutinas. Como en la oficina, cada uno tiene su lugar y cada cual su rol. Si se ven sonrisas en el viejo edificio gris, será en éste comedor y más o menos a ésta hora. Claro que también puede suceder que cada uno vaya de su plato a su teléfono sin cruzar miradas con nadie, después de todo ya habrá oportunidad para socializar el día siguiente, y el próximo o cualquier otro.

Vacío el mate, saludo de lejos, más distante de lo que en realidad me siento. Enfrento la puerta, la rampa, la mugre. El edificio me recuerda cuán inhóspito puede ser, vuelvo al pasillo, hay otro guardia. Él escucha algo en sus auriculares, trato de saludar, se me trancan las palabras, él entiende, asiente con la cabeza. No se cuanto le quedará a él, yo por lo pronto me siento libre como un pájaro al poner mi dedo en la luz roja y escuchar el bip. Ahora sí empieza el día, me pregunto qué hacer con mi tiempo, como ser libre ahora que estoy afuera. No hay respuesta. Queda entonces la vuelta, la casa, la sopa, la cama y mañana.

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