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Escribo cosas. A veces.

—¿Cómo vas con eso de pertenecer?
—Te dije que no vinieras más.

Él, afuera de la cabaña miraba la luna llena y el mar a unos pocos metros cumplía rigurosamente con su perpetuidad. Adentro, las sombras de sus amigos se movían erráticas, respondiendo al ritmo de las llamas de las velas, sin apuro. Sus amigos jugaban a las cartas y reían ignorantes del afuera, de la brisa y el mar bajo la luna llena.
Él era un intruso entre ciclos lunares y mareas, y su aliento condensado bastaba para comprobarlo, varias veces se imaginó lo disfrutable que podría ser ese lugar si lograba apagarlo sin apagarse.
La voz como siempre venía desde atrás, él se imaginaba una mujer alta, huesuda y vieja pero lo único que sabía con certeza era que tenía la voz ronca, aparecía de noche y nunca se dejaba ver.
Él, afuera de la cabaña miraba la luna llena y la voz, amenazante, lo miraba a él.

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