La última pesca.

Cada vez que el viento amainaba el sol quemaba como en el peor día de un verano que acababa de terminar. El pequeño pueblo de pescadores, a los pies del viejo faro, recibía cientos de turistas que aprovechaban el calor del feriado para un último disfrute de playa por esa temporada.

En días así, las tranquilas y asentadas rutinas de los pescadores se volvían atracción y sin ellos quererlo y claramente sin disfrutarlo eran el objeto de miles de fotografías que daban la sensación, a quién mirara de lejos, que aquellos visitantes nunca habían visto un pescado y que los pescadores además de sacrificados eran en esos momentos bastante infelices.

Poco después del mediodía, sobre el sonido del romper de las olas y encima de los gritos de los niños jugando se escucharon un montón de gaviotas, que volando en círculos sobre un destartalado bote pesquero, acechaban frustradas carne muerta que aún tan cercana no podían conseguir.

Las gaviotas sobre el pescado sobre el bote sobre el mar en aquel día caluroso de otoño en aquel pueblo a los pies de faro eran la foto que todos habían visto y todos pretendían reproducir, una imagen asombrosamente bella, a pesar de tratarse de hambre y muerte.

El pescador, flaco y alto envuelto en ropas holgadas encalló el bote en la orilla perfectamente conciente de las miradas y los lentes de las cámaras que seguían cada uno de sus movimientos, él sin embargo, aunque dueño del momento, tenía un aspecto sombrío y pálido, como si de alguna manera ninguno de los rayos de sol se posaran sobre él, como excluido de la felicidad y el entusiasmo de todos los demás.

El hombre parecía tener el cansancio tatuado en la cara y los años apilados sobre su encorvada espalda. Con movimientos lentos y precisos se desplazó hacia la popa del bote y con esfuerzo movió hacia el borde algo pesado y difícil de manipular. Si alguien lo hubiera visto de cerca, o algún zoom hubiera capturado su cara, habrían descubierto asco y repulsión.

Bajó del bote ignorando a los que se acercaban con cámaras y teléfonos. Con el agua hasta las rodillas, cabizbajo y con un gesto como de quién se prepara para un último esfuerzo, levantó en sus brazos un cuerpo inerte, azulado y desecho cuyas extremidades colgaban lívidas tocando el agua, como acariciándola.

La gente que rodeaba el bote dejó caer por un instante de decencia las cámaras que se interponían entre ellos y la imagen mientras el pescador aún sin levantar la vista pero sin animarse mirar directamente el cuerpo que llevaba, emergía cuidadoso, casi solemne del ahora oscuro mar.

Una nube se interpuso entre el sol y el pescador haciendo de alguna manera aún más lúgubre la escena, las manos de ella colgaban a los lados del maltrecho cuerpo, quedaban pocos dedos y a simple vista costaba creer que esos mismos brazos tal vez ayer pudieran abrazar a alguien.

Su piel, azulada y a veces verdosa ya no era piel sino cuero roto y agujereado. No se podía distinguir su cara, no más que algunas líneas sobre una horrible hinchazón.

Su pelo, rubio, empapado, se movía con gracia con cada paso del pescador. Era hermoso y era lo único que todavía brillaba en esa playa.

El mar debajo del bote, debajo de las gaviotas detrás de los turistas detrás del pescador que caminaba con ella en brazos constituían una imagen similar a la anterior, era después de todo una imagen de hambre y muerte.

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