7_ Otro mensaje

parte anterior: 6 _Antonia

Cerré la puerta detrás de mí con intensidad y me apoyé sobre ella cerrando los ojos y empujando con fuerza, nadie me perseguía en realidad pero yo necesitaba asegurarme que los cuadros de los muertos quedarían colgados en ese pasillo negro y no vendrían arrastrándose a buscarme, obligándome a mirarlos, forzándome a recordar. Escuché atento y cuando la nada se hizo sonido pude respirar hondo por primera vez en un buen rato.
El olor me parecía familiar y confundido abrí los ojos esperando cualquier cosa menos mis cosas, me aparté de la puerta que se parecía a mi puerta y busqué la llave que todavía tenía apretada en la mano que ya no pesaba porque no era de hierro, ni era vieja ni estaba acompañada del pedazo de cuero antiguo: tan solo eran mis llaves, tan ordinarias y sin sorpresas que por un momento me produjeron alivio.
Mi mesa y la lámpara de pie estaban donde debían, y el viejo sillón también, hundido, agotado. Estuve tentado de volver a abrir la puerta tan de golpe como la había cerrado, pero por primera vez en aquel día extraño estuve seguro de lo que habría del otro lado: otro pasillo, pero uno lleno de pasos y voces de gente que vivía por ahí, a la que yo nunca había mirado a los ojos pero sabía que existían por su ruido regular, tan regular que me informaban sin proponérselo sobre el paso del tiempo, los dramas del condominio y a veces de los goles.
No quise mirar por la ventana, creo que ya no quería ver nada más. De a poco todas las sensaciones nuevas que había recolectado en la casona y en el viejo hotel fueron sustituidas por pequeñas y viejas certezas, ahora mirara a donde mirara sabría con exactitud lo que encontraría. Cada capa de polvo sobre cada objeto en cada rincón era conocida o al menos esperada, los cuadros que colgué con entusiasmo en algún momento estaban aburriéndose inmóviles y los clavos de los cuadros que ella se llevó solitarios, sin propósito.
Mis libros, los que leí soñando, los que soñé leer y los comprados para un yo que jamás fui esperaban uno sobre otro a que en ese lugar, mi lugar, pasara algo más que el tiempo. Traté de reconstruir el periodo que había estado fuera, habían sido horas? minutos? había salido alguna vez?
Me senté en el sillón verde y encendí la lámpara amarilla con un click que prometía terminar de golpe con todas las sorpresas, el click y la luz me devolverían seguramente como con un sopapo a la cotidiana calma de una casa que era refugio pero nunca hogar. No sería la primera vez, pero me hubiera gustado que fuera la última. Esos retornos, sí que dolían.
Desde ese rincón, hundido en ese sillón, yo podía ver casi todo del diminuto apartamento y así lo hice, recorrí uno por uno los objetos que habitaban conmigo en aquel lugar, ellos eran como pequeñas anclas que me ataban al mundo real, o tal vez al mundo de los demás, me habían acompañado durante un buen tiempo y era a ellos a quienes había que recurrir en casos como este, cuando el tiempo juega a las escondidas y el espacio rompe las reglas más básicas.
Mis ojos pasaron de la pila de libros viejos al viejo cuadro pintado por un abuelo que no conocí, dentro de él, un atardecer, un bote y una isla, y solo pude pensar en el insignificante destino del pobre cuadro, sólo visto por mí y admirado por nadie. Me detuve un momento en el viejo baúl de mi padre preguntándome una vez más que habría allí dentro y contestándome otra vez que ciertas cosas estaban mejor encerradas. Le tocó el turno a la pequeña mesa cuyas patas yo mismo había cortado en un acto de vandalismo brutal.
Cuando dejé de admirar la imperfección simpática de los cortes bruscos me di de frente con el rojo de un sobre que no pertenecía. Volví sobre baúl, el cuadro y los libros para confirmar su realidad, y nuevamente a la mesa y al sobre, que no pertenecía. Los latidos se salieron de control y la respiración de ritmo, y volvió el sudor en la palma de mis manos que creía había quedado definitivamente en la casona, o en el hotel. No me animé a moverme, desde ella que nadie más pisaba este lugar, desde ella nadie más había entrado, pero sobre la mesa había un sobre que no pertenecía.
Pasó algo de tiempo, no sé bien, por la ventana ya no entraba luz y los pasos del pasillo habían cesado unos cuantos latidos atrás. Concluí por fin que no resolvería nada sentado allí, y que debería ser capaz de enfrentarme a algo más, una vez más. Suspiré cansado de antemano de que la emoción incipiente sería borrada de un plumazo con alguna verdad inesperada, quién sabe, tal vez él sobre sí pertenecía y yo ya no recordaba.
Me levanté de golpe como demostrándome algo a mi mismo y un leve mareo hizo girar mis intenciones, cuando pasó, caminé los cuatro pasos necesarios como si de una travesía se tratara, hasta podría jurar que me cansé como si lo hubiera sido. El sobre estaba levemente inclinado en el centro de la mesa, no pude aprender nada del rojo opaco que desde esa distancia parecía rígido y decidí agarrarlo, abandonando ya todo razonamiento, después de todo, ya sabía, éstos caminos son siempre de ida.
Leí la frase asombrado. Las palabras se me incorporaron amontonadas y las tuve que releer varias veces antes de poder dejar el simple papel dentro del sobre rojo, sobre la mesa de patas cortadas y suspirar aliviado, y a la vez excitado otra vez en ese día y por primera vez en esa casa.
Fue real.
Fue real.
Contuve un grito de alegría por costumbre de contener y volví a mirar uno por uno los objetos que ahora parecían brillar más, estar quizá más cómodos como si ellos también agradecieran nerviosos el cambio en el curso de los acontecimientos.
El piso no se movía, pero yo sentí que subía, y como en el ascensor me pregunté por mis ropas y traté de mirarme, de reconocerme ya no como parte del mobiliario viejo, estático, abandonado sino como ese yo que había conocido apenas hace un rato? o hacía mucho? Y esta vez para mi sorpresa me pregunté cómo sería mi cara, y necesité tocarla primero y entonces sospeché pero no pude confirmar que tal vez yo, allí en ese lugar seguía siendo yo, él de verdad, el que nadie vio y el que conocí hace poco en ese ascensor que no subía y al que alguien, no entiendo todavía quién había escrito una nota en letras negras, viejas, gruesas, sobre ese simple papel dentro de ese sobre grueso rojo, oscuro, sobre mi mesa, la mutilada, dentro de mi casa, refugio, nunca hogar, hasta ahora.
Entré al baño ya sin miedo, pero tampoco apuro, no estaba tranquilo ni nervioso, me prometí en ese trecho de tal vez tres pasos largos, enormes, que viera lo que viera estaría bien, porque el ascensor y la escalera y la recepción y ella fueron reales, y tal vez algún día podría volver a bajar, o a subir o quién sabe, reconocerme de nuevo. Entonces encaré el espejo, que no era mi espejo, y enfrenté un reflejo que no era mi reflejo y vi ya no mi ropa ni mis manos ni mi baño al revés sino la iluminada recepción del hotel y también se reflejaba sin permiso ni moderación el bullicio y la gente y el ruido y hasta un piano suave pero insistente. Estaban las damas jugando con los caballeros en miniatura y ella en la recepción redonda y un viejo que era otro viejo reclamando una llave y gente y luz ya no natural sino de mil candelabros encendidos y vivos como vigilantes y el piano, suave pero insistente. Todo eso me arranco sin quererlo y sin aviso una sonrisa que yo sabía era mi sonrisa aún sin poder verla reflejada porque allí no había espejo, pero estaba yo, que era yo con mi cara, que por fin era yo y una sonrisa.

fin.

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