5 _Otra Sonrisa

parte anterior: 4_ Brenda

Estuve de pronto dentro de un ascensor sin botones, antiguo pero con el lujo intacto, sentí los puños cerrados como quien se prepara para una inminente caída y sin embargo al parecer, el ascensor subía.
Estaba solo aunque los reflejos tercos que me rodeaban quisieran gritar lo contrario. Me enfrenté al espejo de la derecha con la intención de ponerle imagen o tal vez cara a esa sensación que me venía acompañando desde que entré a la vieja casona. Lo primero que busqué fueron los pies, normalmente no tenía acceso a espejos tan grandes y además no tenía ganas de mirarme a los ojos. Allí estaban, con esa abertura asimétrica que tanto me molestaba vistiendo mis zapatos habituales que habitualmente sucios de tanta ciudad estaban puntillosamente limpios, como si nunca hubieran caminado sin rumbo durante horas, como si jamás hubieran corrido escapando sin éxito de una tormenta de otoño, como si hace algunos minutos, o tal vez horas, no hubieran sido ellos los que se hundieron en un charco de barro al final de aquella escalera.
Mis pantalones finos de tela gris eran mis pantalones finos de tela gris y salvo por el hecho de que por un momento parecieron quedarme mucho mejor de lo que yo creía, inflando mínima pero perceptiblemente el ego, estaban igual y su familiaridad funcionó como una caricia amiga en medio de tanta peculiaridad.
La gastada camisa a cuadros también estaba como se suponía, tal vez tenía las mangas demasiado bien dobladas sobre mis antebrazos pero quizá yo había mejorado la técnica sin darme cuenta. Saliendo del bolsillo derecho estaba el viejo llavero de cuero negro que recordé sólo cuando lo ví y que recién al verlo y al recordarlo sentí sobre mi pecho el generoso peso de la llave de hierro que acompañaba al llavero que me acompañaba a mi.
Llegué a la cara sin apuro ni entusiasmo, hasta quizás con una pizca de temor, enfrentarme a mi mismo una vez cada mañana era más que suficiente y la mayoría de las veces era demasiado. No desvíe la mirada, sólo apreté los puños un poco más, preparándome. Era yo, el del reflejo era yo y me sorprendí porque más allá de la obviedad de que yo era yo, mi cara era tal cual yo la hubiera dibujado si supiera dibujar, era la misma cara que me hubiera gustado mostrar a la gente que me gustaba. Esa cara era yo pero no era la misma cara del espejo del baño, ni la cara que hubiera visto mi vecina de haberme notado más temprano cuando pasé a su lado. Esta cara no tenía la forma que tiene la cara que sale en las fotos en las que estoy y sin embargo era mi cara, me pregunté por un momento si ésto era lo que les pasaba a los amantes de los espejos, si tal vez a ellos todos los espejos los reflejaban realmente.
Me pregunté también cómo era capaz de reconocerme si nunca me había visto, y pensé en los hijos recién nacidos y en sus madres, y la volví a mirar, y esa cara, que era mi cara, era diferente en todos los sentidos posibles al rostro que yo he vestido siempre; sonreí, por un lado porque quería conocer mi sonrisa, la real, la sincera, la que ni yo y supongo que nadie había visto antes, pero también para agradecerle al espejo, o al reflejo, por sacarme la máscara y mostrar mi cara.
El ascensor se detuvo amable y las puertas se abrieron mostrándome un largo pasillo tenuemente iluminado por faroles más discretos e infinitamente más humildes que los candelabros de la planta baja. Una gran alfombra negra parecía indicar el camino hacía la única puerta al fondo del pasillo, unos cuantos metros más allá. Las paredes estaban tan atestadas de cuadros que era difícil adivinar su color, uno y otro encastrados como un tetris de rostros sepias con diferentes marcos y de distinto tamaño. Miré de reojo la marca sobre la puerta del ascensor que indicaba el piso dos y recordé de repente el número doscientos dieciséis de la llave que parecía pesar cada vez más en mi bolsillo y di los dos pasos necesarios para bajar porque supuse que eso era lo que tenía que hacer y porque aunque no lo dijera en ningún lado yo sentía que por alguna razón en aquel lugar solo estaba permitido dar pasos hacia adelante.
Me costó reconocer las caras de los primeros cuadros, supongo que cuando la gente muere lo primero que desaparece es su cara, las primeras fotos eran viejas, y sólo apareció en mi memoria un nombre cuando ví el cuadro del niño rubio, perfectamente peinado y con aquel lunar, ese compañero de escuela hace tantos años olvidado. Avancé más, en realidad no tenía interés en seguir averiguando nombres, pero por alguna razón no podía dejar de mirar de una pared a otra, de un cuadro a otro, como quien busca sin saber lo qué y sin poder detenerme. Estaban mis abuelos, los que conocí apenas y los que ví en fotos, serían las mismas fotos? Estaba también esa segunda madre cuya imagen yo no había olvidado pero que había sepultado en un recuerdo lacrado tan fuerte, tanto antes.
El dolor en el pecho llegó sin avisar y pronto sentí como si alguien se hubiera robado todo el aire de ese pasillo que de golpe se me hizo frío y desagradable. Me apoyé sobre uno de los cuadros intentando recuperar algo de oxígeno para poder dar un paso más, bajo mi mano la reconocí fácilmente, un ataque de no sé qué en el patio del liceo, hasta aquel día yo no sabía quién era y hasta hoy no había vuelto a pensar en ella, que tenía que ver conmigo?
Seguí como pude, cada cuadro que miraba, aún sin reconocerlo me agregaba más peso y hacía más lejano el final de ese pasillo y más incierta esa puerta, sentí de pronto que todo el silencio que no había hecho en cada velorio al que no fui de cada muerte que ignoré había llegado de golpe a instalarse en forma de presión infinita y ahogo brutal, sentí como si estuviera pagando de golpe una deuda que yo no sabía que debía.
Las últimas caras fueron dolorosamente recientes y sus pícaras expresiones eran de esas que yo hubiera esperado volver a ver pronto, aunque nunca imaginé que vendrían acompañadas de semejante comitiva. Saqué la llave casi arrancándola del bolsillo mientras me apoyaba en una puerta blanco gastado que lucía el doscientos dieciséis lustrado mil veces y mil veces oxidado. Pude meter la llave al octavo intento como si en lugar de exceso de muerte hubiera sufrido de exceso de vino, di vuelta la llave una, dos veces y abrí esperando, rogando que del otro lado hubiera paz, o por lo menos aire, o por lo menos nada.

parte siguiente: 6 _Antonia

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