3 _Otra luz

parte anterior: 2_ Cecilia

No se cuantos escalones bajé pero pronto la oscuridad total tomó el control y yo me entregué intrigado al tacto de la baranda fría que me marcaba el camino. Al principio el único sonido era el encuentro de mis pasos con los escalones de la madera crujiente que había transitado antes, pero pronto no se si de forma paulatina o de golpe ya no había quejidos de madera sino más bien un sonido seco y pequeños deslices resbaladizos que parecían producidos por escalones de piedra rugosa. También sentí más frío y como en agua de río pude notar perfectamente el cambio de temperatura entre mis pies y el resto de mi cuerpo. Antes de que me pudiera preguntar hacía cuanto estaba bajando mi pie derecho aterrizó sobre un charco de fondo blando y denso, mi mano también encontró el final del descenso en la baranda que se enroscó sobre si misma armando una bola de madera, sobre ella me apoyé para desenterrar el pié antes de seguir caminando sin tener ni idea a dónde.
Al avanzar extendí los brazos hacia los costados para intentar encontrar algún tipo de límite a aquel vacío ya insoportable, pero las manos no encontraron nada más que una brisa leve y fresca que pronto supe, también traía oxígeno y sorpresa. Levanté la vista para encontrar un brillante rectángulo de luz, parecía que alguien hubiera cortado una pared que yo no sabía que estaba allí y que por los cortes entraba toda la vida que aquella casona no tenía en forma de espectaculares rayos de luz.
Con la luz vino, primero el calor y luego leves sonidos que parecían voces perdidas en un caos imposible y que sin embargo a medida que me acercaba se hacía más real y naturalmente más extraño. Apoyé ambas manos en la pared que suponía fría sólo para encontrar un alcochonado tapizado suave de terciopelo que me imaginé rojo, pero que bien podía ser de cualquier otro color y miré tímido por una de las ranuras, como quien espía lo prohibido. Sólo después que la ceguera inicial se disipara pude ver el espectacular salón con gente elegante y apurada yendo de un lado a otro con un brillo que no se me hacía real, ni lógico, vamos ni aquello podía ser un sótano ni el sol podía llegar tan lejos.
Empujé, sabía que si miraba hacia atrás no habría nada y nada sabía sobre lo que me esperaba al otro lado, lo peor que podía pasar era que el tedio reinara también allí y que aquello fuera uno de esos sueños donde la realidad se pone un poco absurda y hace que los mismos personajes que tengo que soportar habitualmente están ridículamente vestidos o con nuevas extremidades. Empujé con ganas, aquello bien podía ser el principio de algo, o el fin de todo, y a mí francamente me daba igual.
La pared cedió de golpe y prácticamente me caí en el salón más brillante en el que yo hubiera estado nunca, grandes arañas relucientes colgando de un techo ocre y dorado que contrastaba con un piso de color marfil con grandes alfombras rojas. Las paredes incluyendo la que tenía detrás, ya sin cortes ni imperfectos, sostenían grandes óleos que de tan viejos se me hicieron aburridos de mirar en detalle. Supe que estaba en el lobby de un hotel cuando el sonido de una campanilla sobre un mostrador, porque aún sin saberlo yo sabía que esa campanilla tenía que estar sobre un mostrador, se hizo camino a través del murmullo de aquella gente que hablaba entre sí sin percatarse de que una pared se hubiera abierto y sin parecer notarme en lo más mínimo.
El mostrador era circular, de madera oscura y estaba ubicado en el centro del gran salón, dentro de él había una hermosa mujer hablando despreocupada por teléfono inclinada sobre la misma superficie donde estaba la campanilla que había hecho sonar un viejo de traje que impaciente la miraba con desprecio mientras ella sin dejar de mirarlo, lo ignoraba completamente. Unos metros más allá tres puertas giratorias invitaban y expulsaban gente a un ritmo vertiginoso, el afuera que me mostraban esos vidrios era soleado y amplio, y definitivamente ese afuera no era el afuera que yo había caminado hacía un rato, ni ese clima era mi clima y se me ocurrió por primera vez que quizá ese tiempo no fuera mi tiempo.
A mi costado había un grupo de mujeres rodeando un tablero de ajedrez. Parecían intentar mover las curiosas fichas con la mente como quien conjura un poderoso hechizo sin mover los labios. Ubicadas en sillones de cuero marrón con altos respaldos que las distinguían, estaban sumidas en un silencio que parecía inmune al murmullo general. Me acerqué sigiloso como me acerco siempre a esas muestras públicas de sabiduría, creo que esperando aprender algo. Solo desde mi nueva posición pude ver realmente las piezas que manipulaban, era sin dudas una versión extraña del juego: pequeños hombrecitos con ropas acorde a la posición que ocupaban en el tablero, blancos y negros, distribuidos inmóviles y con cara de inmóviles. Los pequeños hombres, únicos, tenían un nivel de detalle y realismo que provocaron en mí un escalofrío y un forzado parpadeo, casi me gana el impulso de mirar más de cerca para descartar la idea absurda de que en realidad aquellos eran realmente hombres en miniatura, paralizados, manipulados ferozmente por esas mujeres silenciosas pero imponentes. Me contuve, después de todo, era su juego.
“Bienvenido” dijo una voz dulce pero impertinente a mis espaldas provocando primero un giro torpe sobre mi mismo y luego una sensación como de niño recién descubierto con las manos en la masa. “Acercáte” dijo mirándome con suficiencia y algo de complicidad mientras se cruzaba de brazos marcando por si no estaba claro cuál de los dos era el anfitrión. Me acerqué cuestionándome por primera vez en la tarde, mi reflejo en el espejo, la caminata por mi barrio, la casona abierta, la escalera caracol y el salón gigante, me pregunté también si era todavía de tarde, si todo era un sueño, y si lo era cuándo habría empezado. Tal vez mi cara me delató porque ella apoyándose suave sobre el mostrador para acercarse un poco y bajando la voz lo suficiente para que nadie más la escuchara susurró: “Tranquilo, todo va a estar bien, te estábamos esperando.” al tiempo que acercaba con una mano una llave de hierro atada a un pedazo de cuero antiguo con el número doscientos dieciséis grabado con letras gastadas que alguna vez, tal vez, fueron negras.

parte siguiente: 4_ Brenda

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