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Escribo cosas. A veces.

Cuando desperté por cuarta vez decidí que había descansado suficiente, ya era tiempo de salir del nido tibio de sábanas blancas sobre el colchón en el piso de ese cuarto con olor a encierro. En el baño me encontré con mi mismo en el espejo, casi nunca me gustaba demasiado lo que veía pero había ocasiones, como ésta, que simplemente me costaba reconocerme, necesitaba esforzarme para saber quién era el que estaba enfrente, tenía que reconstruir rápidamente el camino recorrido, los viajes, los llantos y las risas hasta que finalmente el del espejo se volvía familiar, y sólo ahí el reflejo imitaba los movimientos, y con ambos en sincronía, empezaba el día.
Decidí salir de allí, mi casa podía ser un refugio amable, una cárcel amarga, o un poco de cada cosa. Vivir solo era tan pacífico como se pueda imaginar, pero la paz puede ser tediosa y el tedio, insoportable.
La Ciudad Vieja estaba elegante como siempre, resistiendo al viento y al tiempo con una gracia envidiable. La superficies, como pieles, sabían brillar en respuesta a los rayos del sol y agrietarse padeciendo la humedad sin contradicción y en una armonía perfecta. Sus calles eran el hogar de todo tipo de nostalgias, y recorrerlas era como viajar sin permiso por otras vidas, a veces por otros tiempos.
Debo reconocer que hasta el momento yo no he encontrado lugar alguno donde pertenezca, o al menos donde poder decir: acá me quedo. Admito que he creído estar cerca muchas veces, pero siempre pasa que llega el punto donde sé es hora de irse, de seguir buscando, momentos en que se me revela con total claridad que ya no soy bienvenido, que la invitación caducó, y que sea cual fuere la historia que ocurra allí, será sin mi, ni mi recuerdo.
Sin embargo en estas calles me siento acompañado, no se si es la expresión de las caras o el peso de la historia, o el paso de la historia en los surcos de las caras, pero aquí nadie pertenece, parecemos todos turistas en en una ciudad sin ciudadanos, protagonistas sin historias.
Yo acostumbraba a recorrerlas mirando hacia arriba, descubriendo tesoros guardados por ejércitos de palomas en los balcones o alguna vista robada de viejas claraboyas con vitrós reclamando atención. Las caminaba como flotando, ignorando las veredas rotas, la mugre añeja y los turistas reales.
Reconocí primero el imponente balcón, siempre orgulloso a pesar de las rajaduras, alto, grande, como debía ser todo en aquella casona que parecía de gigantes. Hasta los graffitis parecían respetar aquel viejo rincón de la peatonal, era como si hubiera pasado desapercibido de tiendas y ocupas. Me sorprendió ver abierta una de las enormes hojas de la puerta tallada hace tanto y sin embargo tan resistente. Iba a seguir caminando alegre de que por fin alguien reciclaría aquel viejo rincón cuya historia yo no conocía, pero había imaginado cientos de veces, pero la curiosidad o quizá la misma fuerza que mantenía a los demás a raya me obligó a avanzar algunos pasos más y mirar adentro.
“Pase, está abierto” Las palabras, elegantes, estaban pintadas en antiguas letras grises sobre una madera ajada que alguna vez fue blanca. El cartel no hubiera parecido una invitación si no hubiese estado colgado entre dos candelabros de bronce brillante, cuyas velas encendidas, altas e intactas, parecían guardias elegantes de una fiesta que acababa de comenzar.
El primer instinto fue sentir temor, timidez o quizá adrenalina a medida que avanzaba por ese pasillo de contornos difusos y reflejos imposibles, pero rápidamente, los tapices olvidados sobre las paredes agotadas, la madera crujiente a cada paso y la mezcla de olor a sótano con hojas de otoño me hicieron sentir a gusto y aún pensando que quizá no debía estar ahí, decidí que tampoco debía estar en otro lugar, después de todo aquello era tan mío, o tan de nadie como todo lo demás en esta ciudad.
Avancé por el pasillo que parecía un túnel como quien descubre y abandona mundos e historias con cada pisada, a medida que me alejaba del cartel y de los guardias, todos los planes para ese día, mis problemas cotidianos y hasta mi sombra dudosa se hacían más chiquitos y así más lejanos, pertenecer ya no se sentía un requisito y caminar no era una obligación.
Al final del túnel me encontré o quizá me encontró una figura humana de tamaño real, o al menos de mi tamaño, pálidamente estampada sobre un lienzo endeble agarrado de un marco ostentoso colgado de una pared sobreviviente de cualquiera haya sido la historia terrible de la vieja casona. No era una linda pintura, ni parecía haberlo sido nunca, pero los huecos formados por el lienzo roto allí donde deberían haber estado los ojos del retratado eran la forma más concreta de inquietud que yo hubiera conocido nunca, todo en mi tembló cuando busqué ansioso algún indicio de lo que había allí detrás y todo en mi estuvo a punto de derrumbarse cuando vi al final un brillo vacilante, como de ojos escondiéndose detrás de un parpadeo detrás de los huecos detrás del lienzo.
Mi mente esperó el sobresalto del cuerpo, tal vez acompañado de una gota de sudor frío en la frente y manos empapadas de golpe, pero no. De alguna manera estar frente a frente con algo desconocido en un lugar extraño no era distinto a esas veces frente a mi espejo en ese lugar que llamaba hogar, ni el peligro era mayor a los otros peligros, ni la rareza era más rara que lo cotidiano.
Miré hacia atrás por sobre mi hombro y la Ciudad Vieja ya no estaba allí, y las almas perdidas ya no se sentían y el sol rebotando en las mil nostalgias ya no llegaba ni siquiera en forma de sombra. Cuando volví a mirar al frente, ya no había pared, ni marco, ni lienzo y mucho menos huecos en dónde buscar nada, tan sólo una baranda gruesa de madera tallada, reluciente, casi como recién lustrada, tan reciente como las velas de la entrada, que se perdía en su forma de espiral descendente y me invitaba a perderme a mi también, que casi alegre de no tener opción puse con gusto en movimiento mi pierna izquierda para dar ese paso hacía abajo, que quizá no era para bajar, ni para avanzar, pero que yo lo sentía el más certero que todos los pasos que había dado antes.

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