Espejo.

Me paralicé frente al monitor hace no sé cuantos minutos, también podrían ser horas, pero sé que no. Me di cuenta que me estaba tocando la nuca con un movimiento repetitivo, casi autómata; ayer me rapé y la sensación es inconfundible. Si el monitor fuera un espejo podría ver como alguien o algo sostiene una mano firme apretándome el cuello y empujándome hacia abajo. Trato de enderezar la espalda para resistirlo. Si pudiera verlo seguramente encontraría una sonrisa de satisfacción, sin saber sé que lo que me tiene agarrado me ha estado buscando desde hace tiempo. Quizá antes fui capaz de escapar elocuentemente de ésto que me somete pero ahora, vencido, arrinconado, siento dolor. Más aún, vergüenza.

Alguien vino a decir algo, alguien, otro, mandó un mail. Apareció un chat, alguno en la oficina tamborileo una mesa, abrieron la puerta, entró una corriente de frío, el reloj avanzó un minuto, dos, tres. Sin poder moverme el terror es ahora ser descubierto, es que alguien me hable, que alguien me vea casi encorvado sobre el escritorio, casi vencido. Si el monitor fuera un espejo trataría de hablarle, ¿quién sos?, ¿que querés? ¡soltáme!

El monitor no es un espejo. La espalda me duele, llegan más chats, más mails, en ésta oficina todavía faltan pasar 6 horas completas y él no suelta.

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