la magia del fútbol

Llegué temprano. El grupo de los que llegan aún más temprano que yo estaba reunido esperando a que abrieran los vestuarios. Yo no sabía cuanto más temprano llegaban ellos, pero para mi, eran una constante, bien podrían haber estado siempre ahí, y siempre, claro, hablando de fútbol.

Después de un educado “buenos días” esperé también, al margen claro, no sólo no tenía nada para decir de fútbol, sino que nunca había tenido nada para decir de fútbol y nunca tendría tampoco nada. El fútbol, otra constante, para mí, la nada total, una nada que curiosamente ocupaba un espacio enorme en la vida de los demás, algo que junto a otro puñado de misterios del universo, yo nunca había logrado entender.

Guardé el bolso y subí las escaleras como todos los días, orgulloso de haber cumplido dos semanas completas sin faltar, todo un logro, tratándose de mí en relación a una rutina deportiva. Encaré a estirar cuando todavía faltaban unos minutos para el comienzo de la clase, una gimnasia mixta y más bien de veteranos que no está nada mal ya que la sobrevivo sin demasiados dolores.

En el piso había unas veinte pelotas distribuidas en algún orden y a mi eso me pareció raro, pero no fue hasta que ví a un tipo, que no era el profesor, en el medio de la cancha con una pelota abajo del brazo y un silbato alrededor del cuello que pensé “bueno me equivoqué de día” y cuando repasé el calendario y entendí que yo estaba bien pero alguien me había cambiado algo de mi rutina colapsé un poco, y cuando me repuse un poco ya estaban todos con su pelotita y aparentemente había instrucciones de hacer algo con ella, y mientras todos hacían “algo” yo trataba de detectar el denominador común de sus movimientos e imitar ese “algo” con mi propia pelota, mientras por dentro quería ser tragado por la tierra y crecía en mí un mal humor indescriptible que me provocaba salir corriendo de ahí, sin la pelota. Sobreviví a esos minutos tratando que el señor con el silbato no me mirara. Y mientras trataba de entender quién era él, qué hacía ahí y que hacía yo en una clase de fútbol llegó el otro ejercicio: dominar la pelota. ¡Dominar la pelota! Yo soy de los que enfrentan los desafíos, pero no le huí al fútbol toda una vida para que alguien decida arbitrariamente hacerme sufrir ante el intento de dominar una pelota cuando toda la evidencia indica que la pelota me domina a mi, siempre (otra constante) y ese día también. Dejé la pelota y me fuí a la máquina de correr no sin antes preguntarle a uno de mis compañeros: che ¿y ese tipo quien es?

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