el Waston

Entré como quién entra a casa ajena, pidiendo permiso, como con verguenza, casí arrepentido, es que la cantina del club a esa hora tenía más olor a casa de familia que a bar. La barra vacía y el pool como desubicados, y los veteranos sentados frente a la televisión con mate y bizcochos, el atardecer cayendo lento, y las copas del Waston junto a los banderines y viejos cuadros tapizando las paredes. -Pasan el partido? pregunté tímido, esperando la negativa que me permitiera salir como disparado hacia la seguridad de lo conocido. -Si, sentate nomá, me contestó simpático el cantinero, mientras su señora abría la ronda frente al televisor y me observaba sin perder detalle preguntándose seguramente, y éste quién carajo es? Me senté en una silla media destartalada, frente a una áspera mesa con viejas marcas circulares de húmedas botellas a las cuales se sumó una nueva de mi cerveza. Cayeron unos cuántos más y me saludaron todos, uno por uno, llegaron también unos cuantos niños correteando cargando bandejas de empanadas recién fritas que olian a perdición, al tiempo que llegaba otro con varios kilos de carne y los desplegaba frente al parrillero, cuando me convencia del todo que me había metido en donde no debía, pues claramente esta gente se preparaba para algún tipo de fiesta a la cual estaba seguro nadie me había invitado arrancó el partido, y con él se disiparon las tensiones, porque cuando juega uruguay somos tres millones. Primer gol de Ecuador. Pedí una empanada. Tabárez ya era un inútil antes del gol, pero ahora era un indeseable, la platea se debatía si estaban planteando línea de tres o de cuatro, y dos por tres me hacían partícipe de la conversación, yo nunca afirmaba ni refutaba nada sólo asentía con la cabeza, lo cual he comprobado siempre sirve para quedar bien en temas de fútbol. Había una muchacha que preguntaba cosas que nos preguntabamos varios, pero sólo ella se animaba a exteriorizar y había un cuidacoches que sistemáticamente la mandaba a callar: No mija, no. Avanzaba el reloj, avanzaba ecuador. Pedí otra empanada. El sentimiento celeste se iba de a poco y la acidez y mala onda típica llegaban de a poco. La población del club ahora sí convertido totalmente en cantina empezaba a pensar cada vez más en la comilona que venía después. -Luca! estás desabrigado! -Sí, ya sé. Ahí estaba toda la familia, varias familias y yo volvía a sentirme sapo de otro pozo. Me comí la tercer empanada. -Vos decís que gana Venezuela o Uruguay? -Ecuador mija, jugamos con ecuador!. El partido iba terminando y yo cada vez más desinteresado me entretuve con las paredes: Un viejo cuadro de Asaltantes con patente del 67, fotos de la comparsa y de la murga del barrio, copas viejas, enormes, que llenaban el lugar de un manto de gloria añeja, banderines llenos de telarañas y una placa en bronce que rezaba: “La institución deportiva Waston en recuerdo a Mario, un abnegado luchador Wastense.” Me fuí chiflando bajito, ahora ferviente hincha del Waston.

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