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Escribo cosas. A veces.

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Arranqué mal, me di cuenta al llegar al BPS que en esa oficina pública tampoco habría un lugar destinado a atar bicicletas, pregunté al pedo, porque me miraron con cara de “acá no es, y no, no podemos hacer una excepción, y si todo bien pero son órdenes” la encadené donde pude y me dirigí transpirado y caliente al mostrador de informes.

El policía me indicó donde se sacaban las historias laborales, esperé un ascensor, ascendí, saque un número y esperé.

Esperando habíamos de todo, pero de todo en serio, capaz faltaba la clase alta, pero es entendible porque ellos no tienen asuntos en el BPS. La oficina era como una caja de zapatos que le faltaba uno de sus costados más largos, adentro habían funcionarios públicos, en frente estábamos nosotros, un heterogéneo ejército de gente que seguramente tenía que estar toda en otro lugar, y en el medio, sobre las columnas los monitores de los números.

A medida que me acomodaba en el asiento me avanzó un olor a caca de bebé bastante fuerte, calentito, denso, espeso. Me lo fumé. Miré sin disimular hacia mi costado y vi a un bebé recién nacido en brazos de su mamá, debió haber sido tierno, pero en el momento me cayó mal.

Para tratar de olvidarme del olor que todavía residía en mi nariz, me dedique a observar a los funcionarios, los miraba, miraba los números en el monitor y trataba de calcular cuánto tiempo más debería sufrir el olor a caca de bebé.

La funcionaria de más a la izquierda se paró con una cara de “por dios que dificil es mi vida” y agotada le aviso a la gerente que iba a almorzar, tuvo que gesticular ampliamente porque el botox mal puesto evidentemente le había paralizado los músculos más de la cuenta, tendría 50 años, pretendía 30 y aparentaba 70. Los demás funcionarios seguían atendiendo, y yo cruzaba los dedos para que a ninguno más se le antojara almorzar, después de todo yo tampoco había comido porque estaba justamente ahí.

Volví a oler la caca y volví a mirar sin disimular, no estaba enojado ni con el bebé, ni con la madre, pero el olor me molestaba, traté de canalizar la rabia hacía los pañales pero no funcionó. Fui devuelto súbitamente a la realidad de esa amplia, fría y desordenada sala de espera cuando escuché la palabra “pollerudo”, era la mamá del bebé de la caca hablando con alguien de como alguien más era un pollerudo de mierda y que no lo tenían que invitar al cumpleaños, donde por cierto iban a hacer ravioles y si no alcanzaban que la gente se jodiera, “después de todo, pará un poquito che”. Sonreí, evidentemente la vida seguía transcurriendo afuera de allí.

Los números avanzaban, pero a veces también retrocedían, yo estaba anonadado, ya no porque mi espera iba a ser más eterna, sino porque aquél debía ser el único sistema de números que no iba en orden y además podía ser manipulado al antojo de los funcionarios, me invadió una sensación de inseguridad atroz, porque si de algo uno puede estar seguro es de que esos números avanzan, pero no, acá no. Ahora ya no estaba tan seguro de que el tiempo afuera siguiera transcurriendo.

A esta altura yo ya odiaba al estado de bienestar, el estado de derecho, y el estado de las cosas en general, me prometía venganza y emanaba rebeldía. Me tocó, me acerqué dandome cuenta que dependía completamente de esa mujer y puse la mejor sonrisa que encontré, sumiso y calmo le pedí la historia laboral y esperé.

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